lunes, 28 de julio de 2008

Las vidas de los animales

Por Gerardo Lammers

La revolución que supondría de los usos y costumbres de la inmensa mayoría de los hommo sapiens que habitamos el Planeta, el asunto de los derechos de los animales linda con la filosofía.

Hace algunas semanas, mientras revisaba la edición electrónica de un periódico de circulación nacional, quedé sacudido frente a la imagen de un tipo que levantaba un martillo, a punto de asestarle un golpe en la cabeza a una vaca amarrada, indefensa. Dicha imagen acompañaba una notita sobre las pésimas condiciones en que funcionan la mayoría de los rastros en México. Otra faceta más de la brutalidad cotidiana en la que vivimos, nosotros que tan acostumbrados estamos a la nota roja diaria nacional. Sólo que al tema de la extrema crueldad con la que se crían, transportan y matan reses, cerdos, caballos y gallinas, no le prestamos casi ninguna atención. Se trata de un tema escabroso y, como tal, de preferencia no queremos mirarlo ni de reojo. Los documentales que se han hecho sobre los criaderos de animales de engorda tienen el encanto de que quien los ve disminuye sensiblemente su consumo de proteínas al menos durante una buena temporada. No es raro entonces que para la mayoría de nosotros la carne que nos comemos sea simplemente un producto que aparece, como por arte de magia, empaquetado en los refrigeradores del súper o, qué mejor, servido en un anafre humeante, listo para nuestro disfrute.

Reconozco que para los que estamos acostumbrados a comer carne es muy difícil renunciar al antojo de un bife de lomo, una arrachera o unos simples tacos de lengua. Más difícil aún es preocuparnos por saber si el animal fue matado según los estándares de calidad.

Quizá por eso me llama tanto la atención encontrarme con personas que asumen su vegetarianismo no como un simple estilo saludable de vida (libre de toxinas), sino de manera prioritaria como una lucha en defensa de los derechos de los animales.

Tema polémico como pocos, por la revolución que supondría de los usos y costumbres de la inmensa mayoría de los hommo sapiens que habitamos el Planeta, el asunto de los derechos de los animales linda con la filosofía.

A este respecto acabo de releer Las vidas de los animales, del escritor sudafricano J.M. Coetzee. Se trata de una novela breve, escrita en un estilo austero, frases cortas, cero metáforas, que tiene como protagonista a Elizabeth Costello, una novelista australiana, feminista, exitosa, ya entrada en años, decadente, que viaja a una universidad de Estados Unidos donde trabaja su hijo, profesor adjunto de física y astronomía, a dictar unas conferencias, pero no sobre su obra, sino sobre uno de sus caballos de batalla predilectos: los animales.

Desde que llega al aeropuerto, Costello se revela como un personaje incómodo para todo el mundo. Su hijo no entiende bien a bien sus posturas tan radicales, su nuera —que es doctora en filosofía— no la soporta, y los académicos se ven obligados, en el mejor de los casos, a ser polites, más en atención a sus logros como escritora de ficción que a sus argumentos en defensa de los animales, los cuales consideran endebles.

En su discurso inaugural, la polémica se enciende cuando Costello compara los mataderos nazis de personas con los mataderos de animales. Más adelante, dice la escritora: “Si me preguntasen cuál es la actitud general que tenemos frente a los animales de los que nos alimentamos, diría que es el desprecio. Los tratamos mal porque los despreciamos; los despreciamos porque no plantan cara”. Y enseguida agrega: “La gente se queja de que tratamos a los animales como objetos, pero lo cierto es que los tratamos como prisioneros de guerra”.

A través de sus poco más de cien páginas, Las vidas de los animales se presenta como una novela, aunque al mismo tiempo es un ensayo y un debate filosófico, con posturas a favor y en contra de los derechos de los animales, en el que la razón misma y los filósofos clásicos no están exentos de crítica.

Es, pues, uno de esos libros que nos hacen salirnos de nuestro antropocentrismo, cuando menos por unos minutos, y repensar cuál es nuestro lugar como especie en el mundo. Confieso que, mientras lo leía, me fue imposible no simpatizar con el entrañable personaje de Elizabeth Costello, que nos advierte: “Somos primates, conocidos también como hombres”.

Fecha: 26.05.08
http://www.informador.com.mx/suplementos/2008/27665/6/las-vidas-de-los-animales.htm

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