lunes, 15 de septiembre de 2008

Tradición y muerte eternizan el debate sobre los festejos taurinos en los pueblos de la CVA

En lo que llevamos de año han muerto cuatro personas en festejos celebrados en la CVA. El refuerzo de la normativa no acaba con una tradición peligrosa y degradante. Algunos municipios se plantean abandonar los 'bous al carrer' y otros recuperarlos.



IVÁN PÉREZ

VALENCIA.- No resultaría apropiado vincular el debate sobre la conveniencia de permitir o no la celebración de festejos taurinos populares con la oposición de una minoría activa contraria a la fiesta nacional de los toros, uno de los iconos universales del país en el que vivimos.

El maltrato animal y el arte del toreo son argumentos habituales en tertulias de calle y plaza, pero ninguno de ellos casa con el oscuro bagaje de los festejos taurinos tradicionales en las villas del reino. La brecha es evidente; muchos son los aficionados a los toros que condenan su denigrante versión callejera, y en cambio pocos los antitaurinos, si es que los hay, que aprueben estos festejos por su etiqueta tradicional.

En tierras valencianas, donde anualmente se celebran más de 7.000 actos taurinos callejeros, ajenos al rigor de los cosos, se cuentan por cientos los heridos y se llora por las víctimas mortales que se cobra la fiesta: cuatro en lo que llevamos de año.

Presentar en el debate las cifras históricas es tarea complicada, pues la práctica se disfraza de costumbre burlando los archivos y ultrajando el tiempo. Nos basta con el presente. Un joven fallecía esta semana en la localidad valenciana de Benifairó de les Valls tras ser embestido por un astado y golpearse en la cabeza con una de las barreras del improvisado recinto urbano. Otra víctima más, y van cuatro en el año en que vivimos.

El Gobierno valenciano ha reforzado las medidas de seguridad para estos eventos, aunque éstas no entrarán en vigor hasta 2010 por un aplazamiento que no entiende la oposición. Que si distancia entre los barrotes de las barreras, que si anclaje horizontal y vertical en los cadafales, prohibición de la entrada a los recintos urbanos de menores y personas que han consumido alcohol... Faltaría más, pero por desgracia este reglamento se presenta insuficiente.

No se trata de reprochar a las autoridades su gestión en lo que a la normativa de seguridad se refiere, pero cuando un festejo se concibe desde el riesgo innecesario, las reglas carecen de consistencia. Se puede legislar sobre las barreras, pero debe comprobarse que éstas no están oxidadas y en estado cadavérico; prevenir que los animales lleven tapados o recortados los cuernos, pero no evitar que golpeen violentamente a los osados aficionados; y prohibir el consumo de alcohol y la entrada a menores, si bien son muchos los casos en que unas copas torean el miedo y en que infantes de corta edad acompañan a sus progenitores o familiares en el encuentro con astados que multiplican al menos por diez su peso.

Con todo, acaban siendo los pueblos los que deciden si se celebran o no este tipo de festejos taurinos. La tradición se mantiene viva en buena parte de Castellón y algunas comarcas de Valencia, aunque podemos encontrar variantes de 'bous al carrer' a lo largo y ancho de toda la geografía valenciana. Vaquillas que se vuelven locas en recintos acotados donde el populacho las desafía a base de gritos y sonidos guturales; toritos que acaban en el mar compartiendo baño con sus acosadores; bovinos a los que les prenden los cuernos con bolas de fuego para darle más emoción al humillante espectáculo de riesgo gratuito. A la mar, a la calle, 'embolao' o para recortes, las varietés taurinas siguen siendo un reclamo de primer nivel en las fiestas patronales.

Y seguirá siendo así mientras se acepte como legítima la valoración que hacen los aficionados a este tipo de festejos. 'Siempre se han hecho y forman parte de la cultura popular de los municipios', consideran aquellos que justifican las muertes en el riesgo que asumen las víctimas.

Los detractores de esta práctica suelen aparecer coincidiendo con las tragedias, lo que les resta protagonismo en el debate. Escuchamos entonces que los 'bous al carrer' son una 'manifestación de analfabetismo' y una fiesta salvaje que alimenta desgracias.

La realidad es que se acaba imponiendo la voluntad de los festeros, quienes recogen firmas y se hacen responsables ante la Administración para recibir la necesaria autorización. Cada vez son más los consistorios que se lavan las manos y dan potestad a los interesados para que lleven las vacas al pueblo. Y así acaba ocurriendo, pese al elevado coste de las licencias y el ganado, el proceso administrativo y la responsabilidad adquirida.

También es cierto que hay pueblos que se plantean abandonar una tradición que ha teñido de luto a sus vecinos. Es el caso de Bétera, que podría dejar de programar estos festejos el próximo año. Aunque otros, como Paterna, le dan vueltas justo a lo contrario: a recuperar una tradición que perdieron hace años, con referéndum incluido.

El Consell sigue reforzando su norma, los municipios van y vienen en sus costumbres taurinas, la lista negra de aficionados caídos se incrementa cada año y la sociedad se enfrenta en un debate estéril. Cabría adentrarse en el rito de las vaquillas para comprender sus raíces y cortar la maleza que crece a su alrededor.

El día grande acaba en tragedia

Son las ocho de la mañana y en nuestra villa hay mozos y mozas que aún no se han acostado. Las fiestas en honor al patrón les ha hecho pasar la noche en vela, en especial al grupito de festeros que ha empalmado la madrugada con el amanecer para preparar los actos de la nueva jornada, el día grande de las fiestas.

Están orgullosos de su trabajo en la comisión de fiestas. Han organizado todo tipo de actos para entretener al personal y han conseguido traer los toros al pueblo después de unos años de abstinencia por las reservas del Ayuntamiento, que al final accedió a permitirles organizar vaquillas y toro 'embolao'.

Les costó un dinero la broma, más de un tercio del presupuesto que tenían para verbenas, concursos, la cabalgata y el circo para niños, pero ha merecido la pena, porque en el pueblo están como locos por volver a ver vaquillas corriendo por las calles.

Los papeles están en regla y los toros en el corral. Menuda expectación había ayer cuando el ganadero aparcó el camión junto al corral y el manso guió a las vacas y el toro hasta su encierro. Los mozos se subían al camión para sentir los violentos golpes de los animales, y los más mayores y la chiquillería se asomaba a los balcones para no perderse la maniobra.

Ha llegado el momento. Son las cinco de la tarde y el ganadero suelta la primera vaquilla por el recorrido habilitado en el centro del pueblo. El animal se dirige a gran velocidad hasta la plaza de la iglesia y. ante la muchedumbre enaltecida, se detiene ante el espejo de la sucursal bancaria para admirar sus miserias. Se muestra un tanto reservada, pero arrecian las llamadas del gentío y acaba reaccionando ante el brusco impacto de un bidón lanzado a conciencia.

En la vieja tasca de la calle de en medio, hallamos la sede de una peña de jóvenes lugareños que riegan bien sus gaznates para saltar al pavimentado ruedo. Los quiebros a la vaca son cada vez más arriesgados y, en plena euforia torera, a dos de los chavales se les ocurre la brillante idea: conducen a la vaquilla hasta el interior de la tasca para sorpresa de sus inquilinos. El animal se siente acorralado, tiene miedo y arremete contra la barra y el mobiliario, mientras los peñistas suben precipitadamente la escalera de madera que conduce a la cambra.

La tarde taurina ha concluido sin tener que lamentar incidentes, y todos se apresuran a marchar a sus casas para asearse y acudir a la solemne procesión de las nueve. Las vaquillas no han sido más que el aperitivo del plato fuerte: el toro 'embolao' de las doce.

Han venido aficionados de pueblos vecinos y de otros más alejados. Los festeros se frotan las manos; la verbena de la noche va a estar hasta arriba de gente.

Las vaquillas de la tarde ejercen de teloneras antes de que un grupo de mozos tense la cuerda que sujeta al toro mientras el ganadero prende las bolas sobre sus cuernos. El animal pasea sus antorchas por la villa jaleado por los asistentes, quienes en el fatídico momento cambian el tono de sus gritos pasando del ánimo al horror en milésimas de segundo.

El toro ha volteado a un joven que ha quedado inmóvil sobre el pavés de la cuesta que lleva al lavadero. Un grupo de cinco hombres arrastra el cuerpo del chaval hacia la barrera y lo sacan del recinto. La confusión ha paralizado al personal y el ganadero saca al manso para poner fin a la fiesta.

Minutos después llega la fatal noticia: el chico ha muerto de camino al hospital. El pueblo llora la pérdida de uno de sus jóvenes vecinos.

Este relato no pretende ajustarse a ningún suceso en concreto, pero sí aportar al debate sobre la conveniencia o no de celebrar este tipo de festejos un nuevo argumento: el de la peligrosa tradición que genera vacíos y tristeza.

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