domingo, 12 de octubre de 2008

Las narices incorruptibles


Por Elizabeth Reyes Le Paliscot

Colombia.- A finales de mayo de 2002, según un informe de inteligencia del Ejército, las Farc ofrecían una recompensa de diez millones de pesos por cada militar experto en destruir explosivos que fuera asesinado y un millón por los perros que son entrenados para este trabajo.

Un perro que aprende a detectar explosivos frustra de tajo la desgarradora posibilidad de que un soldado, un niño o un campesino quede mutilado o sea víctima de esquirlas tan destructivas como el alambre de púas, tornillos, puntillas, grapas y hasta heces humanas que al incrustarse en el cuerpo pueden causar una muerte muy dolorosa.

En esta guerra despiadada no es difícil entender que un perro antiexplosivos es también un ‘blanco’ para la guerrilla. Y uno importante.

De acuerdo con el reporte de 2002, el plan quedó evidenciado en una conversación de radio entre guerrilleros de dos frentes que operaban en Cundinamarca y Arauca. “Dígale a las escuadras que reciben buena promoción por cada chandoso (perro) y cada tumbaminas (técnico). Un paquete (un millón de pesos), y otros diez por cada uno”, dice la grabación.

Ese mismo año, poco antes de que se conocieran estas grabaciones, en el norte del país, cuando un grupo Exde del Ejército, cuya función es encontrar y destruir minas, inspeccionaba el camino de acceso a unas torres de energía, un pedazo de carne hizo que ‘Max’, un labrador dorado entrenado para encontrar explosivos, se distrajera y se dirigiera hacia el alimento.

En esa ocasión, una mina acabó con la vida del animal y con la de su guía.

En 2007, “la guerrilla mató a un perro a tiros, era antiexplosivos y pertenecía al Batallón García Rovira. La guerrilla busca la manera de masacrarnos los perros. Son un blanco más”, afirma el sargento segundo Luis Enrique Flórez, Director del Centro Canino del Batallón de Ingenieros Caldas, de la II División del Ejército.

En este lugar, que parece una pequeña ciudad canina con capacidad para albergar a 58 perros que son entrenados para convertirse en verdaderos sabuesos, hay un cementerio para los perros caídos en combate.

Está en toda la entrada. Una placa de honor lleva el nombre de ‘Patty’. Murió el 9 de abril de 2005 en San José de Tarra, Norte de Santander y salvó a su guía, el soldado Maldonado.

Según Flórez, el explosivo está esperando a que llegue la víctima. Y ‘Patty’ cayó. “En el momento en que el perro detectó la mina, el guía estaba parado al lado de otra y cuando se iba a mover, el animal se le puso de frente al guía, activó la mina y ésta lo mató. El guía recibió algunas esquirlas pero se salvó. El perro lo salvó”.

Por una recompensa

Los perros que recibe el Ejército vienen de criaderos privados. Y en su mayoría son de tres razas: Labrador, Pastor Alemán o Golden Retriever.

Llegan desde los cinco meses, cuando casi han terminado de mudar dientes, y la máxima edad permitida para recibir entrenamiento en el trabajo de reconocer explosivos, es el año y medio.

Estas razas son resistentes a los cambios de temperatura y no son agresivas; por el contrario, son muy dóciles y aprenden con rapidez.

“El labrador es el que más trabaja. El Pastor alemán tiene problemas de displasia de cadera (un defecto de esta raza que le produce dolor por el desplazamiento permanente), y por eso ya no se utiliza tanto”, explica Diana Roa, veterinaria del Centro Canino del Batallón Caldas desde hace siete años.

De las tres razas, los labradores son los príncipes por una razón adicional que asegura el éxito de estos rastreadores profesionales: el juego. Un perro antiexplosivos trabaja motivado por un juego aparentemente elemental: busca emocionado un juguete y cuando lo encuentra, espera impaciente la recompensa de su amo.

Así funciona: En el juguete, que en este caso es un retazo de toalla blanca enrollada, el instructor coloca una muestra de explosivo.

“Cuando él inhala, retiene los olores y en el momento de la búsqueda, los localiza. En una segunda etapa le enseñamos a buscar de una forma ordenada y también en diferentes lugares como carreteras, caminos, trochas, bosques y campo abierto”, explica el director del Centro Canino.

No se utiliza ningún objeto que le cause dolor al perro, traumas o maltrato. Y hasta ahora, según Flórez, los olores de los explosivos no han causado ningún tipo de intoxicación. “El perro no tiene contacto directo con el explosivo, porque para eso se utiliza la toalla o bolsas de dril. Al perro solo le llega el olor”, dice Flórez.

Con una palmada en el lomo, el guía lo anima: “Vamos a trabajar niño… a buscar explosivos…”. Y emprende la carrera. Va pendiente del olor, pero cuando lo encuentra no actúa desesperado buscando un hueso que quiere desenterrar.

Esa es otra de sus características. El perro huele el explosivo y mira inmediatamente al guía, es una mirada ansiosa porque sabe que encontró ‘su juguete’ y espera que lo premien. Es su felicidad. Pero lograr que lo haga es un trabajo de todos los días.

“Se le enseña a realizar una señal pasiva para que cuando él encuentre el explosivo, no lo coja. Entonces, sencillamente se aleja un poco del lugar y se sienta. Esa es la señal”, explica el soldado profesional Ortiz, unos de los instructores del Centro Canino.

Por sus manos han pasado cerca de 500 perros y no sólo entrena a perros antiexplosivos, también a los que se especializan en narcóticos, protección y asistencia (para niños especiales).

Antes de ser instructor, Ortiz fue durante tres años guía canino en los límites de Arauca y Boyacá, en el sur de Bolívar y Ocaña.

“En Arauca tuve a ‘Rufo’, un labrador dorado que tenía un record de 350 minas encontradas. Aún vive pero ya está pensionado”, cuenta.

Y es que a los perros también se les da ‘la baja’ en el Ejército. Esa es la recompensa final de los sabuesos que han salvado con su nariz, la vida de muchos.

Los pensionados

‘Tato’, un labrador dorado, es el más viejo de la manada del Batallón Caldas. Tiene seis años y aunque ya está pensionado, permanece en el Centro Canino porque su guía, el soldado profesional Barajas, trabaja en el lugar.

Duró activo cuatro años y hace dos se le dio ‘la baja’. Barajas lo recibió de año y medio y dice que todavía, cuando ve la toalla blanca, se pone todo piloso. “Él escucha sonidos imperceptibles para nosotros y mueve sus orejas. Al perro, como dicen, lo único que le hace falta es hablar. Con él, estuve en el Catatumbo y encontró una caleta con 25 equipos de campaña de la guerrilla. También minas, unas diez”.

Pero los perros también se pensionan, si sufren, por ejemplo, lesiones en los huesos. “Se operan, se les da de ‘baja’ y se les consigue un hogar sustituto. Hay algunos a los que se les quema la nariz y otros que por edad empiezan a cansarse demasiado y a volverse mentirosos”, explica Diana Roa, la médica veterinaria del Centro Canino.

La Leishmaniasis es otro de los problemas. “Estamos manejando el mismo Glucantime que se utiliza para humanos (30 ampollas), pero el problema es conseguir los medicamentos. Llegan de Bogotá pero se demoran”.

Horas de trabajo

Los perros trabajan de acuerdo a la temperatura. Si se está en clima cálido, el perro puede trabajar 10 minutos y tiene que descansar el doble de tiempo. Si el clima está muy bajo, trabajan 30 minutos y descansan otros 30.

El calor hace que los olores que se encuentren en el medio se dispersen con mayor facilidad. Y eso dificulta la labor del perro. Por eso es importante hidratar al animal.

Fuente: http://www.vanguardia.com/informes/septimodia/10051
Fecha: 11.10.08

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