domingo, 9 de noviembre de 2008

La curiosa historia de John Atkinson, el fotógrafo "volador" de las ballenas francas


Es canadiense y escritor, pero desde hace dos décadas viene a instalarse periódicamente en la Península de Valdés para volar y fotografiar la maravillosa fauna marítima de la región. "Para mí, este lugar es intenso y único", dice.

Reportaje de Alba Piotto

John Atkinson es un personaje conocido en Puerto Pirámides, lugar de privilegio en la Península Valdés, reino de las ballenas francas australes que cada año migran a ese punto de la geografía patagónica. Y John conoce como nadie esta lengua de tierra que entra en el mar y se redondea en forma de golfos. Desde hace dos décadas, cuando llega esa migración de gigantes, John se instala en la zona para realizar una tarea que tiene mucho de arriesgada aventura y de privilegiado encanto.

Se podría decir que John es el fotógrafo de las ballenas francas. Sólo que, a diferencia de otros que suelen tomar imágenes desde embarcaciones, él lo hace desde el aire. Lleva cientos de horas de vuelo y miles de fotos hechas desde lo alto que permiten observar esa descomunal fauna moviéndose en el mar, y también, la singular seducción de los caprichosos contornos de la península.

Lo curioso es que John Atkinson no es fotógrafo profesional ni ejerce ese oficio fuera de este lugar. En Canadá -donde nació, vive y trabaja- se dedica a las letras: es escritor de libros infantiles que, según cuenta él mismo, suelen inspirarse en el singular paisaje patagónico, atravesado por el viento.

De 52 años, resalta por su cabellera intensamente blanca y su cara enrojecida, y su derroche de amistad. Hasta podríamos cederle cariñosamente el apodo de "Che" sin que esto tenga ninguna connotación ideológica. Es que John, en su esfuerzo por hablar un remizado castellano, siempre agrega un "che" bien acentuado a cada frase: "Okay, che", "'Todo bien, che?", "'Cómo estás vos, che?". O bien, se despide en sus mails con "Un beso, che".

En el bar de la hostería The Paradise, el canadiense cuenta cómo nació su pasión por este parte del mundo, mientras recorría la Patagonia en un viaje que tuvo mucho de iniciático. Se había graduado en la Universidad de Ontario, tenía un buen puesto en una compañía internacional, pero dejó la oficina para largarse a navegar por las Bahamas. Desde el Caribe, puso proa al sur, y los vientos lo fueron llevando cada vez más al sur. Fascinado con los lugares que había visto, decidió regreasar para sumergirse en la Patagonia. Era 1987 cuando llegó a Puerto Pirámides. Y a través de un amigo en común, conoció a otro "gringo" que llevaba un tiempo instalado en el lugar. Era Roger Payne, fundador y presidente del Whale Conservation Institute/Ocean Alliance. Los días de John cambiarían para siempre.

Payne es un conservacionista que introdujo y rediseñó técnicas de estudio no letales en ballenas francas, que incluyen la fotoidentificación de los individuos. Payne había llegado en los años 70 junto a su familia y vivía, cuando conoció a John, en un rincón del Golfo San José, recodo fascinante de la Península Valdés. Allí, había montado un austero observatorio en una estación construida precariamente en el Campamento 39 -que pertenece a la Armada Argentina- y que todavía hoy es usada por el Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) de Argentina.

John y Payne se hicieron amigos. John regresó al año siguiente; y al otro; y al otro. Hasta que en 1991, en los preparativos de un avistaje aéreo de ballenas, Payne le dejó la posta: "Tomá la cámara y sacá las fotos". Fue su debut y el comienzo de una pasión que tienen 20 años de historia ininterrumpida como fotógrafo de ballenas.

Para eso -cuenta el canadiense- tiene un equipo especial de superviviencia. La tarea no es fácil de hacer. Y la realiza a borde de la aeronave Porter Pilatus, que se usa a través de un convenio entre el ICB y la Armada Argentina. John saca las fotos con la puerta del avión abierta, prácticamente con el cuerpo fuera de la cabina, sujetado con correas y arneses especiales. Así, toma imágenes de la población de ballenas francas alrededor de la Península Valdés, a unos 300 metros de altura y otros tantos kilómetros de velocidad.

Entre sus fotos abundan las ballenas junto a sus crías que suelen nacer en esta región considerada como una de las zonas ecológicamente más diversas del planeta, y que en 1999, la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad. Oficialmente, la península es un Area Natural Protegida.

'Por qué es importante el trabajo de John? Porque sus fotografías permiten que los científicos del ICB -mediante una técnica especial de identificación computarizada- hay un registro con más de 2000 ballenas individualizadas. Alguno de estos animales ya tiene árbol familiar propio.

La tarea de John cada temporada le lleva un total de 12 horas de vuelos y unas 5000 fotos tomadas desde el aire. "Para mí, este lugar es intenso y único. Es un honor venir desde Canadá donde vivo, que es otro mundo, totalmente distinto, a este paraíso", define.

Y no sólo de ballenas se trata. El archivo fotográfico de John cuenta con una variada fauna marina: orcas, pingüinos, delfines, elefantes marinos. "Yo, que además veo todo desde arriba, puedo decir que es una visión extraordinaria. Y siempre que tengo este privilegio pienso en los primeros habitantes de este lugar, en que esta tierra tiene muchos espíritus; muchas cosas interesantes en su interior, que todavía hay que descubrir".

Cuando termina la temporada, John vuelve a Toronto. Allí vive con su pareja, una argentina. "A Pirámides ya vinieron mis padres, mis hermanos y mis amigos", sonríe el canadiense, que también participó de documentales sobre ballenas que produjo Discovery Channel y realizó varias expediciones alrededor del mundo.

"Corriendo con el viento", "Bosque encantado", "Bienvenidos al paraiso", "MI amigo para siempre", "Hay una elefante en mi ventana", son algunos de los títulos de la colección de relatos infantiles que escribió (www.fotu.com). Además, tiene escritas novelas para adultos que buscan editor. Para una de esas historias, vivió seis semanas con una familia cubana en La Habana; y para otra, pasó una semana como homeless en las calles de Nueva York.

Pero John se anima a los poemas y no se amedrenta con el español. "Una noche de 1995 -cuenta entusiasmado- estaba en el Café Tortoni y había un homenaje a Alfonsina Storni. Y ahí, le escribí un poema". Algunos de los versos dicen:
"'Hay una linda calle sobre la mar
para tu viaje desde este mundo,
una calle con la luz perfecta,
la luz de la luna llena?
Háblame a mí, mi amor,
en tu último momento,
cuando pasaste desde este mundo
sobre la calle del mar.
Hay una linda calle,
la calle de la luna llena,
la luna llena con sus lágrimas,
las lágrimas de los corazones rotos de este mundo".

Quizás, algún día, edite un libro con las fotos que atesora de la Península Valdés. Acaba de regresar a su hogar, en Canadá, bien al Norte. Cuando se despidió, dijo: "Hasta el año que viene, che".

Fuente: http://www.clarin.com/diario/2008/10/17/um/m-01782765.htm
Fecha: 17.10.08

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