lunes, 15 de diciembre de 2008

Basta de toros


Artículo de Alicia Dujovne Ortiz
para La Nación (Argentina)


Si el toreo es arte, el canibalismo es gastronomía." La provocativa frase figura a la cabeza de los eslóganes imaginados para la campaña antitaurina que se desarrolla en España desde hace tiempo. En 2007, tuvo lugar en Lisboa el primer encuentro intercontinental de protesta por la corrida y el maltrato animal. Siguieron manifestaciones similares en Barcelona, Málaga y Bayona, pero, sobre todo, en Sevilla, aún más importante por su condición de símbolo: que la capital del toreo pueda poner a mil personas en la calle gritando contra la tortura infligida al toro es una buena señal de que las cosas cambian.

Un señal consoladora y estimulante, al menos en lo que a mí respecta: mi amor por esa tierra, y muy en especial por la andaluza, sólo se ve oscurecido por la imagen del hombrecito esbelto y vanidoso, ceñido dentro de su traje de luces, que muestra la elegancia de su talle, destacada con astucia por la torsión de la cintura, así como la chaquetita corta destaca la estrechez de la cadera. La imagen misma del donjuán que seduce con trampas.

Mi única experiencia directa del toreo, en el Madrid de los años 60, arrojó el más catastrófico de los resultados. Después se prohibieron las corneadas al caballo del picador, que en esos años era todavía la otra víctima del juego. Nunca se me ha borrado la visión de las vísceras arrastradas por la arena como un largo collar de cuentas rojas ni tampoco la muerte de aquel toro que cayó blandamente, tras un tormento y una humillación inacabables. Una escena perturbadora por lo que tiene de sadismo jocoso y por la confusión de papeles: el torero, con sus gestos femeninos en esta celebración del coraje viril; el toro, que termina muriendo con un aire también de mujer; la excitación perversa, el no saber quién es quién ni por qué divierte tanto mirar sufrir.

En su libro De la edad conflictiva , Américo Castro (que, entre paréntesis, fue el primero en atribuir toda su importancia a los orígenes conversos de Santa Teresa de Avila) relaciona el toreo con la Inquisición. Aunque no dé las fechas, el polémico autor encuentra en los espectáculos inquisitoriales que atraían a las multitudes, ansiosas por ver achicharrarse a los demás, herejes o judíos, un buen antecedente del espectáculo taurino. El toro también representa al diferente, encarnado en un animal temible al que se vence por medio de tretas ingeniosas.

Nueva confusión de papeles, puesto que, siempre según Castro, durante siglos el retraso intelectual del país, superado varias veces con botas de siete leguas, sobre todo tras la muerte de Franco, se debió a la valoración de la sangre "pura", sin mezcla de "marrano", y como lo marrano, o lo converso, o lo judío, también significaba, en ese tiempo y lugar, lo inteligente y lo culto, la España de la época valoró la incultura. En el teatro de Lope de Vega, el personaje del labriego, auténtico cristiano viejo insospechable de mezclas (mientras las clases altas e incluso la realeza nunca estaban a salvo de dudas), se erige en el símbolo de toda virtud: el ignorante bueno frente a la malicia negociante del falso cristiano, o el noble bruto frente a la nobleza sospechosa.

Aunque Castro no lo desentrañe hasta sus últimas consecuencias, sus indicaciones permiten intuir hasta qué punto la escena representada en la plaza de toros tiene varias lecturas, todas ellas ambiguas. De ahí su intensidad: sólo semejante carga simbólica -por supuesto, inconsciente- explica la supervivencia del rito.

Palabras como "barbarie" o "tortura" están a la orden del día en las aludidas manifestaciones en contra del toreo. Nadie se muerde la lengua, nadie teme herir en lo más vivo a los cultores y aficionados del llamado arte nacional. Los manifestantes saben que las prácticas más crueles se esconden tras el argumento de la costumbre: los defensores de la escisión para las niñas africanas, o de la caza de pajaritos en Francia, apelan a él. Como si el hecho de que un hábito sangriento se haya perpetuado implicara la obligación de seguir cortando o pinchando en forma ceremonial. Una costumbre no es sagrada por el solo hecho de haber durado. Al volver conscientes las razones por las que se la ha mantenido uno puede perfectamente acostumbrarse a otra cosa.

La oposición al toreo es todavía más difícil y, por ende, más valiente, si se recuerda que la belleza del espectáculo ha movido a espléndidos artistas a reflejarlo en sus obras. Oponerse al toreo supone admitir que el poema de Lorca sobre el torero muerto a las cinco en punto de la tarde o la serie taurina de Picasso valen por lo que son, no por lo que representan. Por otra parte, España no ha sido la única en exaltar el toreo: también lo ha hecho, y lo sigue haciendo, la Francia de los derechos humanos, entre los que cabría esperar que se incluyeran (y respetaran) los derechos del animal. Los toros de Nimes y los de Bayona fascinan a un público de conocedores que discuten sobre cortes de orejas. También el surrealismo francés de los años 30 experimentó esta fascinación por el gesto perfecto y, lo que es más inquietante, por el dolor que el gesto sabe proporcionar. Michel Leiris y Georges Bataille, gran revalorizador del Marqués de Sade, vieron en el toreo un suplicio hermoso.

La cosa se explicaría al comprender que los surrealistas vivieron un período tan ambiguo como el toreo mismo. Por un lado, necesitaban romper con sus propias tradiciones, las del racionalismo, y por otro, el frenético avance de cierta fuerza irracional no los dejaba incólumes. Antinazis convictos y confesos en lo político, muchos de ellos sintieron, a modo de estremecimiento más o menos oculto, la atracción de la crueldad. Términos como "ética" o "humanismo" dejaron de usarse en los salones. Tanto tiempo después, da ánimos comprobar la existencia de una juventud que no se reconocería, parte de ella al menos, en la terrible Historia del ojo , donde Bataille alude, horriblemente, a un toro castrado.

Fui educada en el orgullo de pertenecer a un país sin toreo y en la certeza, errónea, de que la Asamblea del año 13 había prohibido al mismo tiempo los títulos de nobleza, los instrumentos de tortura y la corrida. En realidad, esto último sólo fue decretado ilegal a fines del siglo XIX, aunque en la práctica no se acostumbrara a torear. Agreguemos que tampoco tuvimos, durante el período colonial, una Inquisición activa y emprendedora como las de México y Lima: en Buenos Aires nunca se hizo un auto de fe, lo cual parecería coincidir con la opinión de Américo Castro sobre la equivalencia de ambos espectáculos.

Como anécdota curiosa, el arquitecto croata José Markovitch, padre de Dora Maar, la fotógrafa surrealista que fue amante de Picasso, creyó descubrir entre nosotros el negocio de su vida: contratado en 1910 para construir edificios destinados a la empresa naviera de su compatriota Mihanovich, se le ocurrió fletar barcos para que los españoles de Buenos Aires asistieran a las corridas de toros en Montevideo. Hasta hizo un hotel en Colonia para recibirlos mejor. Colmo de la mala suerte, justo en ese momento Uruguay decidía imitar a la Argentina. Hoy esos dos países son los únicos de América latina con leyes que prohíben los toros.

Comemos demasiadas vacas, es cierto (los antitaurinos españoles suelen volverse vegetarianos), y nuestros mataderos distan de ser modelos de respeto. Además, el maltrato al animal va en aumento, a causa de la discutible necesidad de multiplicar la carne barata para alimentar a una población también en aumento. Al que haya visto reportajes filmados sobre los criaderos de pollos o de cerdos del mundo entero le costará tragar el bocado. Sin embargo, enloquecer a un toro y desangrarlo en público poquito a poco implica un regodeo bastante menos necesario y, sin lugar a dudas, malísimo para la educación.

El otro día vi en la televisión española uno de esos programas ñoños donde aparecen chicos. Se llama Todo por mi nieto y está basado en el principio de que un abuelo o abuela hagan el ridículo con el nene o nena delante de las cámaras. Esta vez era un abuelo criador de toros con su nietito de cuatro años que soñaba con ser torero. El abuelo tenía que meterse entre dos cartones con cuernos y embestir contra el chico que, vestido con el trajecito de luces y con la boina puesta, le hacía las verónicas con ejemplar destreza.

Abuelo, nieto, público, todo era de una inocencia enternecedora. A nadie se le ocurrió objetar que ese nenito precioso estaba listo para dar la muerte.

Quizás el punto donde apoyarse sea, precisamente, la inocencia. La plaza de toros con su música, sus mantillas y sus flores cobra el aspecto cándido de toda fiesta popular donde la gente bate palmas. En el circo romano también las batían, y en la plaza de las quemazones de Toledo también, y supongo que en la de México cuando arrancaban corazones a manera de ofrenda. Mientras el espectáculo esté avalado por una organización poderosa, pocas conciencias individuales lograrán darse cuenta de que ninguna alegría se justifica, por ingenua que parezca, si es a expensas del otro. La novedad del movimiento antitaurino está en considerar al toro como a tu prójimo: no le hagas lo que no quieres que te hagan a ti. Para convencerse bastaría con una sola foto: un animal perdido, tambaleante, convertido en un puercoespín de picas y banderillas clavadas, cada una con su reguero que brilla al sol.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1079761
Fecha: 12.12.08

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