viernes, 5 de diciembre de 2008

"El trato de algunos cazadores a sus perros", artículo de Julio Ortega Fraile

Artículo de Julio Ortega Fraile


Leyendo el foro de una conocida Página de cazadores entré en un debate abierto con motivo del uso del collar eléctrico para los perros –collar de impulsos lo llaman sus partidarios, un eufemismo que parece querer disimular el dolor que su utilización puede infligir al animal -. El caso es que la sucesión de mensajes comenzaba con el de un participante que informaba de la prohibición de este método; otros contestaban que no es así, que depende del modelo y a partir de ahí, desembocaba en una polémica acerca de cómo usarlo, en qué ocasiones y por extensión, sobre el trato que deben de recibir los perros.

Harto estoy de leer noticias que nos informan de lo que una parte de este colectivo hace a sus canes – no todos, es cierto, aunque de la pasión de matar animales ninguno se libra -. Hastiado de saber el sufrimiento que acarrea su adiestramiento; los enfrentamientos que mantienen con las presas y que muchas veces hacen que acaben con sus vísceras colgando, con terribles heridas o muertos; los disparos “accidentales” que reciben por parte de cazadores cuando tratan de abatir algún ejemplar; las ocasiones en las que caen en cepos y lazos puestos por estos “deportistas” con la intención de atrapar otras piezas; sus condiciones de hacinamiento, todos los hemos visto apiñados en jaulas como quien guarda y transporta las herramientas en una caja; la selección que practican con ellos, escogiendo a los válidos para la caza y desechando al resto y al fin, cuando ya no les sirve como instrumento para llevar a cabo su sangriento pasatiempo porque el perro ha envejecido, está enfermo, herido o su carácter no es el adecuado, llega el abandono, el disparo, el ahorcamiento o el sacrificio. Empachado de ver imágenes de canes con terribles secuelas tras haber sido golpeados con saña; con el cuello descarnado después de que los hayan intentado ahorcar; cadáveres descompuestos de estas criaturas en el fondo de un pozo o arrojados a un vertedero; de tener constancia de las denuncias que cazadores en general y galgueros en particular acumulan por maltrato a sus perros. El intento de Federaciones de Caza para que no sea obligatoria la implantación del microchip en los animales que se utilizan para este fin, una pretensión que sólo cabe interpretar como estratagema para que el autor de un abandono, maltrato o muerte no pueda ser identificado y que así responda por sus actos. El infierno que viven estos seres a manos de sus dueños cazadores es una realidad contrastada, conocida y que constituye una muestra más del comportamiento que es de esperar en quien para divertirse necesita quitarle la vida a un animal.

Pero por otro lado tenemos las declaraciones de esta gente asegurando que su perro es sagrado, que el trato que le dispensan es exquisito, que jamás los maltratan, que cuando ya no les sirven los cuidan hasta el fin de sus días; por supuesto, afirman que nunca los abandonan o sacrifican porque ya no cumplan adecuadamente la función cinegética para la que los tenían destinados. Se solidarizan con los galgueros, un grupo particularmente salvaje en gran medida y cuya crueldad no se puede negar después de ver las imágenes de cientos de galgos muertos, mutilados o que han padecido espantosos sufrimientos a sus manos. Yo tengo un Pointer que había pertenecido a unos cazadores; cuando fui a por él estaba escuálido, lleno de heridas y temeroso, sin embargo oyendo a los escopeteros tenemos que creernos que los perros cuando son realmente felices es estando a su servicio. Hoy en día ese Pointer que no ha vuelto a cazar es un animal cariñoso, alegre, juguetón y con todo el aspecto de tener una existencia agradable; no tengo la impresión de que eche de menos sus tiempos junto a los cazadores que casi acaban con su vida.

Y como una cosa son las declaraciones realizadas cuando se sabe que la opinión pública está pendiente, porque tocan un tema delicado y controvertido y otra situación muy diferente es hablar sobre el asunto entre iguales o personas que comparten punto de vista e intereses, quiero dejar aquí extractos textuales de algunos de los mensajes escritos por cazadores en ese foro, para que podamos comprobar cuál es la verdadera actitud de los que luego pregonan a los cuatro vientos que tienen a sus perros entre algodones y que jamás les provocan daño alguno. Cierto es que también hay participantes que expresan su repulsa por este tipo de conductas, demostrando tener una sensibilidad con los canes de la que por otra parte, no hacen gala cuando revientan a un jabalí o a un corzo, pero al menos sí con el perro, excepto cuando lo lanzan, repito, a cobrar una presa, momento en que el su fiel amigo se arriesga, como ocurre a menudo, a ser abierto en canal por unos colmillos o a recibir una coz que le aplaste el cráneo y es que todo, incluso el amor a su perro, está supeditado a su pasión por la caza. La primera de las citas corresponde a un cazador respondiendo a otro que afirmaba que no le aplicaría las descargas eléctricas del collar a su perro:

“Supongo que una persona como tu tampoco le ha dado nunca una patada o un palo a ninguno de tus perros, ni lo ha tenido encerrado más de ocho horas en el chenil, ni encerrado en el maletero mientras te tomas una cocacola. Siempre que has tenido un perro enfermo has salido corriendo al veterinario aunque sea de madrugada, nunca has vendido o regalado o abandonado o sacrificado un perro con miedo a los tiros o cualquier otro problema y por supuesto les daras de comer royal canin de 70 euros el saco...”

El mensaje es bastante explícito y sólo quiero remarcar la parte en la que irónicamente le dice a su colega que: “supone que nunca ha abandonado o sacrificado a un perro con miedo a los disparos o con cualquier otro problema...”. Este individuo parece reconocer que cuando tiene un can, según él con problemas, porque le asustan los tiros – una reacción bastante lógica y que debería de comprender cualquiera con un mínimo de sensibilidad e inteligencia – se libra del mismo por medios más o menos expeditivos, que van desde regalarlo en el mejor de los casos hasta abandonarlo – un delito – o sacrificarlo.

El segundo extracto deja constancia de un comportamiento que inevitablemente recuerda actitudes nazis, incluso en la terminología que emplea, ya que habla de “eliminar individuos que no encajen...”, admite que no tiene reparos en matarlos si lo considera necesario y confiesa que ya lo ha hecho en varias ocasiones – otro delito -.

“Sí estoy de acuerdo en no dejar perros abandonados, ahora bien, también estoy a favor de eliminar aquellos individuos que por cualquier motivo no encajen dentro de las perreras, desde perros enfermos, agresivos, apáticos, mantas o nulidades varias, desde luego que flaco favor se hace a la raza regalando un perro de caza que has desechado, siempre puede caparlo/a, pero si hay que matarlo a mi no me duelen prendas, además consideró hipócrita aquel que deja esa labor en otras manos, no es plato de gusto pero hay que apandar con ello, porque del mismo modo que se matan otros perros, esos que vagan por los cotos a su albedrío jodiendo caza todo el año, de los cuales uno lleva ya un buen puñado en las espaldas, se eutanasia uno propio o ¿Es que una perdiz no es un ser vivo?”.

El tercer y último mensaje que incluyo – había más pero creo que con estos es suficiente para dejar clara esta realidad – nos enumera actitudes que el autor, cazador, ha visto en colegas suyos a la hora de tratar a los perros, para acabar reconociendo las virtudes de estas técnicas:

“He visto perros que se han llevado tiros en el culo por correr detrás de las perdices sin que les haya afectado en posteriores salidas, claro siempre habrá que saber a que distancia le pegan el perdigonazo, he visto tíos con un alicate en el bolsillo porque de pellizcar tanto la oreja del can lo dolían los dedos, he visto a otros cortar una rama de avellano y moler a palos a un sabueso de jabalí que venía en un rastro de corzo, he visto señuelos plagados de punzantes clavos para evitar que apretasen las piezas, cualquiera de estos métodos me resulta más horrendo que un par de calambrazos bien dados, aunque curiosamente he de reconocer que todos los perros, todos, sobre los que he visto aplicar esos rudos castigos cazaban como los ángeles y que sus nombres todavía se recuerdan por aquellos montes”.

Aunque no albergaba dudas al respecto, creo que estos mensajes vienen a corroborar cuál es la verdadera mentalidad de muchos cazadores respecto a sus perros y que la próxima vez que declaren que en su colectivo no existe el maltrato a estas criaturas, o cuando los veamos en la siguiente manifestación a la que acudan para que no se les recorte ningún derecho de caza, acompañados por estos animales a los que acariciarán con sumo cariño frente a las cámaras, sabremos que detrás de ese aparente amor a su perro, se esconde en muchas ocasiones un trato brutal y su posterior eliminación con métodos a menudo muy crueles, por el simple hecho de que le asustan las detonaciones, está cojo al quedar atrapado en un cepo o porque debido a su edad o carácter, les resulta inútil para cazar. No todos, repito, hay cazadores que expresan claramente su repulsa por estas conductas y no va referido a ellos este escrito, aunque después a estos mismos no les tiemble el pulso a la hora de disparar contra un venado que sufrirá al igual que lo haría su perro, un doble rasero ante el padecimiento de un animal para el que no encuentro una explicación racional.

Fuente: http://www.xornal.com/article.php?sid=20081204184542
Fecha: 04.12.08

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