lunes, 28 de julio de 2008

Los perros de compañía de Pekín, en problemas

PEKIN (Reuters) - Mientras la oscuridad cae sobre Pekín, los propietarios de perros, como Deng Xiaozhi, abandonan nerviosamente sus hogares en compañía de sus mascotas para dar un paseo o correr por los parques tranquilamente con la seguridad de saber que los "perreros" ya terminaron sus turnos.

Una ley de Pekín sostiene que es ilegal tener perros de más de 35 centímetros de altura, por lo que el Golden Retriever que acompaña a Deng no está permitido y podría ser atrapado y sacrificado en caso de que ambos fueran interceptados por las autoridades de la ciudad olímpica.

La posesión de mascotas en China está creciendo, en particular entre los amantes de los perros, quienes se quejan por las inflexibles leyes de Pekín contra los caninos de grandes dimensiones. Las normas, dicen, rememoran el pasado comunista del país en el que el líder Mao Zedong desdeñaba a aquellos que tuviesen ese tipo de animales llamándolos burgueses.

"La norma de los 35 centímetros no es científica, hay perros grandes que son más tranquilos que muchos de los pequeños. La gente que hace las leyes no sabe nada de perros," sostuvo Deng, sentado en un sofá junto a su canino.

Mientras las mascotas se vuelven algo común en China, los dueños de perros de Pekín se enfurecen con la prohibición que establece la capital y con las sumas que pagan los que tienen caninos pequeños para obtener una licencia, que ascienden a 1.000 yuan (146 dólares).

La prohibición se hace respetar estrictamente. Incluso una medallista paralímpica parcialmente ciega no puede conseguir que su perro guía sea registrado de cara a los Juegos de septiembre, donde ella tiene programado ingresar con la antorcha a la ceremonia inaugural.

"Sé que es responsabilidad de los dueños registrar a sus perros, pero la regulación actual no me permite hacerlo. Para los perros grandes, que usualmente son capturados por la policía, solo queda la muerte," se lamentó Deng.

Unos 17 millones de residentes pekineses registraron 703.897 perros en el 2007, un 17,3 por ciento más de los 600.096 que sacaron sus licencias el año anterior. El número es probablemente mucho más alto si se consideran los que no son registrados.

Los diplomáticos extranjeros están exentos de la norma y a menudo dejan ver sus enormes Golden Retriever, Siberianos y Labradores a lo largo de las calles de la capital china. En cambio, los capitalinos, atados a las reglas, deben optar por pequeños Chihuahuas o por los caninos que deben su nombre a la ciudad, los Pekineses.

Peludos Proscritos

Algunos propietarios de perros, y también activistas en defensa de los animales, están preocupados por las drásticas medidas que podrían llegar tras el período de los Juegos, cuando Pekín ya no sea más el centro de la escena mundial y no se discutan sus políticas contra los caninos.

Por otro lado, ellos creen que el deseo de China de mostrar su mejor cara al mundo a través de los Juegos de agosto implica también mantener a los perros lejos de las redes de los "perreros," aunque sólo por ese período.

En escenas vergonzosas que el Gobierno no quiere repetir, cientos de defensores de los animales tomaron las calles de Pekín en noviembre del 2006 para condenar las redadas que habían resultado en la matanza de decenas de miles de perros.

Sin embargo, las autoridades locales se negaron a menguar su accionar contra los perros grandes de cara a los Juegos. "Estamos llevando adelante medidas que ya pusimos en funcionamiento en el pasado. Todo perro con su licencia apropiada será tratado correctamente," manifestó un portavoz de la Oficina Municipal de Seguridad Pública de Pekín.

"Cegado por el objetivo de mantener la estabilidad social, el gobierno suavizó su postura respecto al problema de los perros," señaló un veterano activista a favor de los animales de la ciudad, Zhao Jian.

Críticos atacan la prohibición

Zhao, doctor desde hace 40 años, es uno de los críticos de la prohibición de perros grandes. Él dice que que la ley tiene como consecuencia el abandono de los perros que superan el límite de tamaño, algo que expone a los habitantes chinos a contagiarse de rabia, exacerbando el problema de esa enfermedad con perros deambulando por toda la zona rural del país.

En los últimos tres años, Zhao envió más de 30 cartas al Gobierno para solicitar que la norma sea desechada. "Estoy indignado con la burocracia y la ineficiencia de los gobernantes," protestó el activista, de 61 años. A pesar de la falta de iniciativa de las autoridades, él confía en que Pekín dejará sin efecto la ley de los 35 centímetros a tiempo.

"Las normas de la capital están fuera de tiempo y realidad," dijo Wang Jin, un profesor de la Universidad de Derecho de Pekín, al diario People's Daily. "Las actuales regulaciones sobre los perros fueron hechas para la conveniencia de los gobernantes. Inevitablemente se desvían de la práctica común," expresó.

Lu Di, de 77 años, quien fundó la primera organización protectora de animales en 1992, entiende que introducir leyes para el bienestar de los perros y gatos ayudaría a los objetivos del gobierno. "Cuidar y proteger a los animales pequeños ayuda a construir una sociedad armoniosa," declaró el ex profesor universitario, refiriéndose al eslogan del Gobierno.

Para el amante de los perros Deng, el deseo es simple: poder registrar a su confiable Golden Retriever. "Aunque gasto mucho dinero y tiempo en 'Maomao', el placer de tenerlo no puede medirse financieramente. Sería perfecto conseguir la licencia," anheló Deng.

(Editado en español por Patricia Avila)

Fecha: 27.07.08
http://lta.reuters.com/article/topNews/idLTAN2747835720080727?sp=true

Las vidas de los animales

Por Gerardo Lammers

La revolución que supondría de los usos y costumbres de la inmensa mayoría de los hommo sapiens que habitamos el Planeta, el asunto de los derechos de los animales linda con la filosofía.

Hace algunas semanas, mientras revisaba la edición electrónica de un periódico de circulación nacional, quedé sacudido frente a la imagen de un tipo que levantaba un martillo, a punto de asestarle un golpe en la cabeza a una vaca amarrada, indefensa. Dicha imagen acompañaba una notita sobre las pésimas condiciones en que funcionan la mayoría de los rastros en México. Otra faceta más de la brutalidad cotidiana en la que vivimos, nosotros que tan acostumbrados estamos a la nota roja diaria nacional. Sólo que al tema de la extrema crueldad con la que se crían, transportan y matan reses, cerdos, caballos y gallinas, no le prestamos casi ninguna atención. Se trata de un tema escabroso y, como tal, de preferencia no queremos mirarlo ni de reojo. Los documentales que se han hecho sobre los criaderos de animales de engorda tienen el encanto de que quien los ve disminuye sensiblemente su consumo de proteínas al menos durante una buena temporada. No es raro entonces que para la mayoría de nosotros la carne que nos comemos sea simplemente un producto que aparece, como por arte de magia, empaquetado en los refrigeradores del súper o, qué mejor, servido en un anafre humeante, listo para nuestro disfrute.

Reconozco que para los que estamos acostumbrados a comer carne es muy difícil renunciar al antojo de un bife de lomo, una arrachera o unos simples tacos de lengua. Más difícil aún es preocuparnos por saber si el animal fue matado según los estándares de calidad.

Quizá por eso me llama tanto la atención encontrarme con personas que asumen su vegetarianismo no como un simple estilo saludable de vida (libre de toxinas), sino de manera prioritaria como una lucha en defensa de los derechos de los animales.

Tema polémico como pocos, por la revolución que supondría de los usos y costumbres de la inmensa mayoría de los hommo sapiens que habitamos el Planeta, el asunto de los derechos de los animales linda con la filosofía.

A este respecto acabo de releer Las vidas de los animales, del escritor sudafricano J.M. Coetzee. Se trata de una novela breve, escrita en un estilo austero, frases cortas, cero metáforas, que tiene como protagonista a Elizabeth Costello, una novelista australiana, feminista, exitosa, ya entrada en años, decadente, que viaja a una universidad de Estados Unidos donde trabaja su hijo, profesor adjunto de física y astronomía, a dictar unas conferencias, pero no sobre su obra, sino sobre uno de sus caballos de batalla predilectos: los animales.

Desde que llega al aeropuerto, Costello se revela como un personaje incómodo para todo el mundo. Su hijo no entiende bien a bien sus posturas tan radicales, su nuera —que es doctora en filosofía— no la soporta, y los académicos se ven obligados, en el mejor de los casos, a ser polites, más en atención a sus logros como escritora de ficción que a sus argumentos en defensa de los animales, los cuales consideran endebles.

En su discurso inaugural, la polémica se enciende cuando Costello compara los mataderos nazis de personas con los mataderos de animales. Más adelante, dice la escritora: “Si me preguntasen cuál es la actitud general que tenemos frente a los animales de los que nos alimentamos, diría que es el desprecio. Los tratamos mal porque los despreciamos; los despreciamos porque no plantan cara”. Y enseguida agrega: “La gente se queja de que tratamos a los animales como objetos, pero lo cierto es que los tratamos como prisioneros de guerra”.

A través de sus poco más de cien páginas, Las vidas de los animales se presenta como una novela, aunque al mismo tiempo es un ensayo y un debate filosófico, con posturas a favor y en contra de los derechos de los animales, en el que la razón misma y los filósofos clásicos no están exentos de crítica.

Es, pues, uno de esos libros que nos hacen salirnos de nuestro antropocentrismo, cuando menos por unos minutos, y repensar cuál es nuestro lugar como especie en el mundo. Confieso que, mientras lo leía, me fue imposible no simpatizar con el entrañable personaje de Elizabeth Costello, que nos advierte: “Somos primates, conocidos también como hombres”.

Fecha: 26.05.08
http://www.informador.com.mx/suplementos/2008/27665/6/las-vidas-de-los-animales.htm

La lucha ecologista se centra ahora en el toro

Por Javier Rada, publico.es

Gracias a organizaciones como Asociación Nacional para la Protección y Bienestar Animales -cuyos equipos de juristas se encargan de recoger pruebas para suprimir con la ley en la mano determinados festejos- y a grupos de presión, como Ecologistas en Acción, el Partido Antitaurino contra el Maltrato Animal y la Fundación Altarriba, nuestros animales viven algo más tranquilos.
Entre los logros de los últimos años se encuentra el haber suprimido los encierros de avestruces en Navarra, Catalunya y el País Vasco. También pueden celebrar que en localidades como San Bartolomé de Pinares (Ávila), el Ayuntamiento haya prohibido que se obligue a los caballos a saltar hogueras.

Que se colgasen gallos vivos en Extremadura. Que se persiguiera patos en Baleares, Catalunya y País Valenciano (al Ayuntamiento de Sagunto le costó la broma 45.000 euros la última vez que lo programó). Que se persiguieran cerdos engrasados en Asturias, Galicia, Castilla y León y Andalucía. Que se tirasen cabras y aves desde campanarios o que se lancearan toros, entre otros muchos festejos.

A escondidas

Sin embargo, los ecologistas denuncian que queda mucho por hacer. En su punto de mira, siguen las corridas de toros, declaradas excepción. También tienen pendiente acabar con muchos de los festejos populares taurinos, que se acogen a la particularidad de la Fiesta Nacional para seguir celebrando algunas prácticas en las que los animales son sometidos a crueles torturas.

Una dificultad para descubrir qué pueblos de la España profunda celebran rituales cruentos es el sumo cuidado que algunos de ellos emplean para organizar sus actos sin hacerles publicidad, casi a escondidas. Los ecologistas también insisten en afirmar que España es el único país de la Unión Europea en donde la barbarie sigue tan extendida como en la Edad Media. Por ello, reclaman a la ciudadanía la participación para evitar estos actos.

Sus acciones suelen ser mal entendidas en los lugares afectados. Por este motivo, incluso han sido llevados a juicio, como en el caso de Arturo Pérez, de ACTYMA, acusado de atentar contra el honor del pueblo de Tordesillas (Valladolid). Ocurrió tras protagonizar una acción en 2006 con una avioneta en la que se podía leer la pancarta "Tordesillas, vergüenza humana". El pueblo estaba celebrando el Toro de la Vega, un ritual por el cual se lancea al animal hasta ensartarle el corazón.

Festejos religiosos contra la doctrina

La mayoría de actos festivos en los que se usan animales en España se realiza en nombre de religiones, vírgenes o santos. El Toro de Coria es en honor a San Juan. El de Tordesillas, a la Virgen de la Peña. Los gansos de Lekeitio se celebraban por San Antolines. Los Bous a la Mar en Dénia por las fiestas patronales de la Santísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

No obstante, y paradójicamente, la doctrina católica es contraria al maltrato animal, confirma Enrique Miret Magdalena, teólogo seglar y ex presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII. "Cualquier dureza infligida injustamente es pecado para la moral católica.

El cristianismo defiende el respeto a su vida. Por eso existe una teología de los animales para un trato humano con los mismos", explica. Al ser preguntado por una bula papal de Pío V, en la que se excomulgaba a los eclesiásticos que participaran en corridas de toros, Miret apela al sentido común y a no sacar las cosas de contexto. "Era normal que la autoridad eclesiática presidiera estos actos.

Sin embargo, no todos los Papas fueron partidarios de las corridas de toros, y durante mucho tiempo fue prohibida la asistencia del clero a ellas; si bien los moralistas distinguían entre verlas desde un balcón, que no era pecado, y su asistencia visible o incluso su presidencia", explica. Según Miret, es conveniente no mezclar las cosas para analizarlas con distanciamiento y rigor. "La religión auténtica debe distinguir entre los festejos religiosos racionales y la devoción religiosa", concluye el teólogo.

Fecha: 20.07.08
http://www.publico.es/espana/136099/lucha/ecologista/maltrato/toro

Toros y otros animales

Artículo de Julio Bustamante

Hablando el otro día con una mujer, más o menos de mi edad, salió a la conversación el viejo tema, más bien el debate, sobre las corridas de toros, tan enmarcadas ellas dentro de las actividades populares típicas de esta península, y que luego pasaron como herencia a la América latina dentro del bagaje de nuestras simpáticas costumbres. Contaba la chica que siendo aún una niña pequeña, con sólo cinco años, empezó a tomarles manía a sus mayores a raíz de que éstos se obstinaban una y otra vez en llevarla con ellos a las corridas en compañía de sus aterrados hermanos. Literalmente se veían arrastrados hasta la plaza en contra de su voluntad, en medio de unos berrinches de espanto. Por fortuna estas escandalosas protestas lograron liberarlos pronto de la obligación de asistir a ese triste espectáculo, según sus palabras, propio de gente perversa o, como poco, endemoniada. De aquellos días, me confesó con femenino desparpajo, había sacado la conclusión de que los mayores eran una pandilla de hipócritas y cobardes, que traían hijos al mundo, a diferencia de otros animales más nobles, con el único propósito de descargar en ellos todas sus frustraciones, con la indiferencia de quien no duda en aprovecharse de los más débiles. Según ella, todo esto de las ferias taurinas no significaba más que un ritual de la explotación y el abuso, una celebración que sirve de aviso y justifica toda barbarie.

Mientras tomaba buena nota para mis adentros de tan agudos comentarios le di mi conformidad sobre buena parte de sus opiniones. Más tarde añadí que, según mi parecer, tenía la confianza de que poco a poco, aunando la voluntad todos, este tipo de costumbres anacrónicas se verán erradicadas para siempre, como ocurriera en su día con las peleas de gladiadores o la Inquisición. En cuanto a la pena capital, me respondió, hoy en día se ha inventado la variante de deshacerse de masas enteras de población mediante la hambruna y las guerras estratégicamente localizadas. Una vez en estos parámetros qué puede importar la vida de un toro, un perro o una cabra. Como siempre aquí la cuestión en juego es la educación pública y la toma de conciencia de cada cual.

El caso es que mi amiga prefiere no hablar más de tauromaquias y hacer todo lo que se pueda al respecto. Antes que nada pasar de los alienantes circos imperiales. Un país que no considera a todos los seres vivos como semejantes y no respeta sus derechos tampoco está capacitado para respetar los derechos humanos. Sin esto todo lo demás son parches de sensiblería y romanticismo, a excepción de unos pocos y pocas cuya dedicación plena a los demás debería constituir un ejemplo para todos. Mientras, muchas asociaciones en defensa de los animales y en contra de la tortura de todo tipo vienen tratando de hacer oír sus voces ante éste y otros gobiernos sin que hasta la fecha hayan recibido otra respuesta que aplazamientos y excusas.

Fecha: 26.05.08
http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2008072600_5_476924__Opinion-Toros-otros-animales