domingo, 18 de enero de 2009

"Historia de Milagritos"

Artículo de Francesc González Ledesma

Estos días se habla en Barcelona de animales, por lo del nuevo refugio. Es una polémica que va a ser larga y en la que intervendrán urbanistas, vecinos, protectores y hasta secretarios de alcaldía. Yo siempre defenderé la tesis de que todo lo que se haga por los animales es poco, y me sobran argumentos para defenderlo. Sé que muchos me atacarán diciendo que a los animales ya se les protege bastante, hasta el punto de que incluso ocupan algún ministerio. Sobre esto último no tengo argumento ninguno.

En defensa del nuevo refugio y del amor a los animales me permitiré decir dos cosas que, me temo, no van a ser consideradas de utilidad pública: la primera es que los animales de compañía son el mejor remedio para personas enfermas o tristes, de tal modo que los médicos aconsejan su presencia. Incluso me temo que muchos recién despedidos de sus empleos no van a encontrar en sus hogares una mirada más amiga. La segunda es que los animales siempre nos están enseñando cosas que no aprende todo el mundo.

Esta es la sencilla historia de Silver, un perro que está muerto, y de Milagritos, una gata que vive. Tengo cerca de El Vendrell una casa que pagué tras innúmeros sufrimientos, aunque el constructor me consolaba diciendo que aquello era un segundo hogar y que siempre conviene tener más de un sitio para morirse. En la casa siempre tuvimos perros recogidos, y además de buen tamaño, porque ésos es más difícil que la gente se los quede. Fueron animales admirables, sobre todo el primero, Ringo. El segundo, Silver, era mucho más listo y ponía mala cara si le obligabas a andar. Sólo se lanzaba a alocadas carreras cuando perseguía gatos.

Porque lo malo es que si tienes perro no puedes tener gato, aunque éstos bien intentan que te los quedes. Uno seguía a mi hijo Enric hasta el mismo oleaje de la playa; otra, la que ahora tenemos, durmió noches y noches en nuestra puerta hasta que se coló dentro.

Pero antes estuvo Milagritos. Una tarde de verano, mi mujer, Rosa, vio un gatito minúsculo, de sólo días, que estaba quieto en el bordillo, contemplado por unos chavales: seguro que estaba muerto, por la sencilla razón de que debía de haber muerto su madre. Rosa fue a sujetar al perro antes de recogerlo, y cuando volvió ya no estaba: los chavales debían de haber arrojado el cuerpo al contenedor.

Silver, el perro, siguió persiguiendo gatos incansablemente. No capturaba ninguno porque se le subían a los árboles, y los pobres eran convenientemente picoteados por las urracas: estaban demasiado cerca de los nidos.

Lo increíble ocurrió casi 15 días después, cuando vimos un bultito que se arrastraba hasta nuestra puerta. Digo que se arrastraba porque apenas podía andar. Era la gatita que suponíamos muerta. Rosa y yo contuvimos un grito, porque el perro había salido y estaba en su camino, con el pelo erizado y mostrando los dientes. La gatita no se desvió; en su desesperación, había visto un hogar y estaba dispuesta a morir por él. El perrazo nos enseñó entonces una cosa. Nos enseñó la piedad. Viendo al animal moribundo, lo olió y le permitió entrar en casa. Lo acompañó. Permitió que llegara hasta nosotros.

Al recogerla, pensamos que le habían arrancado los ojos. No se le veían porque los tenía completamente cubiertos de tierra: sin duda había sobrevivido hurgando en busca de gusanos subterráneos. La llevamos al veterinario para que le diera una muerte piadosa, pero el veterinario dijo que la gata podía vivir, y encima no nos quiso cobrar nada. El nombre de Milagritos se lo ganó la gata bien ganado.

Se la quedó mi hijo Enric, tan amante de los animales que ya de niño se escapaba hacia el zoo. Como adoptada por un corresponsal de EL PAÍS, Milagritos vivió en los tejados de París, se paseó por las ventanas de Manhattan, se salvó en Washington de morir sepultada en la nieve y se hizo un hogar en las buhardillas de la Piazza Navona, viendo las cúpulas del Vaticano y del Palazzo Fendi, hasta adquirir, con todas las ceremonias del caso, la categoría de gata romana. Consecuente con ello, cayó desde un quinto piso, pero también logró salvarse. Aún le quedan cinco vidas, o sea cinco milagritos más.

Se preguntarán ustedes qué fue de Silver, tan viejo que era el patriarca de los perros. Durante un mes, cuando ya no comía, lo mantuvimos a base de gota a gota, y entonces los gatos a los que había perseguido formaron semicírculo junto a él, fueron su cortejo fúnebre, silencioso y discreto. Me enseñaron dos cosas: que son respetuosos y saben esperar.

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Historia/Milagritos/elpepiespcat/20090117elpcat_4/Tes

Fecha: 17.01.09

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