miércoles, 25 de febrero de 2009

"La ética ante el dolor de los animales", artículo de José Luis Díaz Segovia

Este artículo provocará, a buen seguro, encendidas críticas, desavenencias de opinión y levantará ampollas, pero esta vez quiero poner voz a esas otras criaturas que nos acompañan en el viaje de la vida.

Seres que, en su presunto irraciocinio, son incapaces de cometer barbaridades de la envergadura que cometemos nosotros. Sí, los humanos, que tanto nos jactamos de “inteligencia”. Por si alguien lo duda, sólo hay que poner la televisión, escuchar la radio o comprar la prensa, para conocer las noticias de cada día. Y es que si los animales pudiesen hablar, el suyo sería un grito unánime de dolor por la brutalidad con que les tratamos. Nos preguntarían por qué. Por qué les hacemos sufrir de este modo, y al mismo tiempo presumimos de haber alcanzado tan alto grado evolutivo. A mi, desde luego, me resultaría difícil de explicárselo...

La actitud del ser humano hacia el resto de las criaturas ha variado a través de la historia, desde la veneración más profunda, hasta el desprecio y la crueldad más extrema. Nuestros antepasados cazaban para alimentarse, pero otorgaban a los animales un carácter sagrado y respetaban el equilibrio de la naturaleza, algo que todavía hoy se mantiene en algunas tribus alejadas de la civilización. La aparición de las grandes religiones monoteístas significará sin embargo un cambio en la concepción del hombre hacia el resto de los seres vivos. Así, el cristianismo alienta ya desde un principio el sometimiento de lo creado a nuestra especie, sacralizando a través de los siglos la idea de la superioridad, el derecho del hombre a apropiarse y dominar a la naturaleza a su antojo. Unos esquemas que S. Francisco de Asís trató de modificar en su tiempo, pero sin éxito. Suyo es este pensamiento: “si existen hombres que excluyen a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la benevolencia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos de la misma manera”. El Judaísmo y el Islam no difieren mucho de esta visión antropocéntrica, que se agrava aún más con las doctrinas de Lutero, las cuales justifican deliberadamente el expolio de lo creado para obtener beneficios materiales.

La sumisión divina de la naturaleza se trasmite de generación en generación, condicionando nuestro comportamiento incluso hasta nuestros días. Un caso distinto es el de las religiones orientales, como el Budismo, que asienta sus pilares en el estrecho vínculo del hombre con la naturaleza, en un exquisito respeto hacia el resto de los seres vivientes, por pequeños y diversos que éstos sean. Una forma de pensamiento que ha perdurado durante miles de años y que aún hoy sigue vigente. Estas otras palabras son de Ghandi: “la grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la forma en la que tratan a los animales”.

Ello hace que en la cultura occidental utilicemos a los animales a nuestro capricho, como si fuesen simples objetos inanimados, los perseguimos y acosamos, experimentamos brutalmente con ellos, los secuestramos y condenamos a la cautividad perpetua, les torturamos y nos divertimos con su dolor. Y todo porque no pueden hablar, manifestar su tristeza y terribles sufrimientos.

Y aunque parezca difícil de creer, aún hay gente convencida de que los animales no sienten ante nuestra barbarie. Poco se puede esperar de una supuesta sociedad civilizada que ignora la ética ante el resto de los seres vivientes que nos acompañan en el Planeta. Y es que éste es el espejo donde se reflejan irremediablemente nuestras miserias, las bajas actitudes que tenemos ante nuestros semejantes (odios, violencia, agresividad, egoísmo, insolidaridad, etc), a los que por supuesto hacemos también sufrir.

Cómo explicar, con vehemencia moral, las fiestas salvajes de nuestra geografía peninsular, donde en nombre de la tradición y la cultura se lanzan cabras vivas desde lo alto de un campanario, se decapitan gallos o gansos, se clavan o arrojan lanzas contra los becerros, o se golpea a los animales con palos y piedras, por mero divertimento.

El toro es uno de los emblemas de la cultura mediterránea, y especialmente de la cultura ibérica. Pero también es la víctima propiciatoria de la crueldad hacia los animales, justificada en nombre de las viejas tradiciones. Los ejemplos son incontables: al toro "embolao" se le untan con brea los cuernos y se le prenden fuego. El animal corre despavorido, presa del pánico y el dolor, ya que las gotas ardientes caen sobre sus ojos y llegan a cegarle. En otros lugares de España al toro se le arrancan los testículos de un tajo, que después son alzados con orgullo por su verdugo, como si éste hubiese realizado una gran proeza. Otra modalidad consiste en atar las astas con sogas y tirar de ellas con fuerza. Las vaquillas se incluyen en el programa de muchos pueblos y ciudades. El "juego" se basa en acosar, golpear, clavar dardos y puntas, emborrachar al animal, etc. Finalmente, el agotamiento y las heridas acaban con su vida. En estos espectáculos participan individuos, muchas veces ebrios por el alcohol, que rebajan sus instintos al nivel más degradante. Las apuestas en peleas de perros o la lucha de gallos son otros ejemplos similares.

Tan amplia muestra de atropellos contra los animales tiene sin embargo su máxima expresión en la que se denomina fiesta nacional, la corrida de toros, donde la crueldad es elevada nada menos que a la categoría de arte. Agujereado por las banderillas y el picador, aterrado en medio del griterío de la plaza, al final es atravesado por una espada que le parte el corazón en dos y le hace vomitar sangre, hasta que muere después de una espeluznante agonía. Un dolor espantoso e innecesario que algunos aficionados a ultranza llegan incluso a negar.

Uno de los argumentos a los que se recurre para defender “la fiesta”, es el que hace referencia a la pretendida desaparición del toro. Parece que hay una gran preocupación porque eso ocurra. Eso sí, mostramos una total y absoluta indiferencia mientras cientos de especies animales desaparecen cada año del Planeta, y otras muchas están en vías de extinción, sencillamente porque no son rentables económicamente. Ello prueba que el dinero está por encima de la ética y que justifica muchas de las barbaridades que cometemos.

Un gran Jefe Seattle de Norteamérica decía “si todos los animales desapareciesen, los hombres morirían de una gran soledad de espíritu, porque lo que les pasa a los animales, también le pasa al hombre. Todas las cosas están relacionadas”.

De igual modo, experimentamos con los animales en el laboratorio, con extraños fines médicos o sólo para fabricar productos de cosmética. Para ello, miles de criaturas indefensas padecen inenarrables atrocidades y son sacrificadas.

No disfrutan de mejor destino los animales secuestrados, separados de sus congéneres para pasar el resto de sus vidas enjaulados. Es el comercio de especies, que mueve millones de dólares. Aves exóticas, monos..., que son privados de su libertad para satisfacer caprichos estúpidos de los humanos. Un dato debería hacernos reflexionar: por cada ejemplar que llega vivo al comprador, otros diez de la misma especie mueren durante el transporte o captura.

La utilización de pieles significa igualmente la muerte de millones de criaturas, bien sea a través de diabólicas trampas, que obligan a muchos animales a mutilar alguno de sus miembros para poder escapar, o en las granjas peleteras, donde viven en precarias condiciones, en espacios reducidos y mal atendidos, para ser finalmente sacrificados sólo por su piel. Podríamos hablar también de los elefantes y rinocerontes, que en pocos años serán un recuerdo fotográfico si no se detiene la codicia insaciable por la venta del marfil.

Thomas A. Edison comentaba “la no violencia conduce a un ética suprema, meta de cualquier evolución. Hasta que no dejemos de hacer daño a los seres vivos, seguiremos siendo salvajes”

No comer carne sería adoptar una postura ética ante el resto de las criaturas. Pero como ello obviamente no es fácil y tampoco se trata de radicalizar nuestras costumbres gastronómicas, al menos sí deberíamos admitir que una cosa es sacrificar a un animal para alimentarnos, como lo ha hecho nuestra especie desde el principio de los tiempos, y otra muy distinta regocijarnos y pasar el rato atormentando cruelmente a nuestros amables compañeros los animales.

Fuente: http://www.sociedaddigital.es/opinion.asp?id_noticia=1260
Fecha: febrero 09

No hay comentarios: