miércoles, 4 de marzo de 2009

¿Cazadores? Un millón, y subiendo

Artículo de Lola Galán

El tiempo no pasa para los aficionados a la escopeta, aunque la caza ha perdido su raíz rural para convertirse en un negocio de masas


Posar rodeado de ciervos de espectaculares cornamentas se ha revelado fatal para la carrera política de Mariano Bermejo, ex ministro de Justicia. Y, sin embargo, esa imagen que trae a la memoria la película de Luis G. Berlanga, La escopeta nacional, está mucho más presente en la España del siglo XXI de lo que podría suponerse. Como Bermejo y su compañero de montería, el juez Baltasar Garzón, hay en nuestro país un millón de cazadores. Hombres, la inmensa mayoría, que gastan entre 3.000 y 40.000 euros por temporada en lances cinegéticos. En un país eminentemente rural hasta hace menos de cuatro décadas, la pasión por el campo y la caza podrían interpretarse como la supervivencia de un instinto atávico.

Una pasión antigua que une a reyes y aristócratas con políticos, magistrados, periodistas, artistas, toreros, empleados de correos y funcionarios de todo tipo. De Alfonso X El Sabio, a Juan Carlos I, de Azaña y Largo Caballero, a Álvarez Cascos, Felipe González, Garaikoetxea o el propio Bermejo. De Cayo Lara a los Albertos, Juan Abelló, y Samuel Flórez; del ex torero Espartaco, al futbolista Raúl, del cantante Patxi Andino, al periodista Carles Francino.

Porque, conviene recordarlo, España es hoy, más que nunca, un inmenso coto de caza. Un lugar donde se celebran al año cientos de miles de cacerías, en los casi 32.000 cotos que aloja este paraíso de bosques mediterráneos, humedales, llanuras cultivadas donde se crían las perdices de pata roja, conejos y liebres. Un lugar que atrae a cazadores de todo el mundo. Legiones de italianos, a Baleares, americanos o franceses, a las dehesas extremeñas. Gente que viene con paquetes turísticos completos, y quiere volverse a casa con trofeos.

"Somos un emporio de la caza, y el segundo país exportador de turistas cinegéticos, después de América" dice Andrés Gutiérrez Lara, presidente de la Real Federación Española de Caza (RFEC), que agrupa al 70% de los cazadores. Una cifra de socios sólo superada por los federados al fútbol. Rodríguez Lara recibe en el salón de reuniones de la sede madrileña de la entidad, decorado con trofeos. Cabezas de ciervos de varias puntas o de muflones. Muchos, cazados por él mismo.

Como la mayoría de los cazadores entrevistados para este reportaje, Gutiérrez Lara, pese a los alardes de amabilidad, parece un poco en guardia. Empieza defendiendo la importancia económica de un sector "que genera unos 5.000 millones de euros al año", y por lo menos 15.000 puestos de trabajo en el campo. Y eso no es nada para lo que podría dar, si se hicieran las cosas bien. Si la caza no estuviera mal vista y los cazadores no tuvieran que soportar el sambenito de ser los malos de la película. No hay cuento infantil en el que el cazador, escondido siempre con la escopeta cargada, no sea el villano por antonomasia. Eso hace mucho daño, cree Israel Hernández, director de Jara y Sedal, una de las revistas más importantes del sector. "Si pudiera devolver la vida a los animales que cazo, lo haría; a mí lo que me gusta es la caza, el contacto con la naturaleza", dice.

Y esa mala fama, ¿por qué? "No hemos sabido cuidar nuestra imagen", dice Luis Fernando Villanueva, presidente de la patronal que aglutina a los propietarios y gestores de cotos de caza (Aproca), en Castilla-La Mancha. "Pervive la imagen de Los santos inocentes y La escopeta nacional. Y es una pena, porque la actividad agraria va a menos y el futuro de nuestros pueblos está en la caza". Villanueva y la asociación que representa, tienen montones de ideas para sacarle más partido a la caza. Empezando por darle un aire menos agresivo.

Para empezar, Aproca se denomina ahora Asociación de Propietarios Rurales para la Gestión Cinegética y la Conservación del Medio Ambiente. Gestionar aquí, según el propio Villanueva, es cuidar adecuadamente un coto de caza, procurar forraje y comida a los animales que viven en él, ocuparse de desbrozar el monte, de limpiarlo, de cuidarlo. "Todo eso es muy caro". Y la única manera de que el coto se gestione bien, es que sea rentable. ¿Cómo? Consiguiendo cazadores a espuertas. De eso se ocupan las empresas llamadas orgánicas, porque organizan cacerías de caza menor y de caza mayor. Se ocupan de vender los puestos en el ojeo de perdices, o precintos para la caza del corzo al rececho, o puestos para monterías.

Cuantas más posibilidades de abatir una presa, más dinero cuesta el evento cinegético. Pero, ¿y toda esa historia del cazador implicado en la naturaleza, amante de la flora y la fauna, garante de la biodiversidad? "La caza es un negocio artificial hoy. Con un impacto ambiental negativo mucho mayor que el de hace un par de décadas", opina Theo Oberhuber, de Ecologistas en Acción. Una afición y un negocio condenadas a vivir con mala imagen. "Éticamente es inaceptable matar animales por gusto".

Matar es una palabra que se utiliza poco entre cazadores. Se habla de "lances", de abatir una presa, de cazarla, pero se huye de la crudeza verbal, tanto como de la crudeza de las imágenes. Lo sabe bien Juan Delibes, director del canal de Digital + Caza y Pesca. "Cada vez hay que editar más los vídeos de caza, para que no hieran la sensibilidad de la gente". Delibes es un apasionado de la caza a la manera que describía José Ortega y Gasset. "Decía 'la caza debe ser escasa e impredecible". Pero reconoce que hay otra doctrina de la caza, "la que funciona a golpe de talonario".

La doctrina de los que quieren resultados rápidos, y pagan cantidades astronómicas por participar en monterías con trofeos asegurados. Un espíritu que choca de plano con la definición que hace de la caza el Consejo de Europa, recomendándola como medio de conservar la biodiversidad.

"Lo que ha ocurrido", añade Delibes, "es que ha habido tal demanda de caza que al final, en muchas comunidades se está artificializando". Y con todas las bendiciones de las autoridades autonómicas, que son las que tienen las competencias. "Pero ya querríamos tener los apoyos oficiales que tienen los cazadores en Francia, por ejemplo", dice Juan Antonio Sarasketa, director de la Oficina Española de la Caza, una asociación de empresas que explotan diversos sectores ligados a la caza. Claro que en Francia no hay tantos cotos, ni un desarrollo comparable de la industria cinegética. Aquí, las granjas que crían animales de caza están en expansión. La excusa es la repoblación de especies. La realidad es que, en muchos casos, esas crías no tienen otro destino que acabar de inmediato bajo los perdigones, o las balas de los cazadores.

Por otra parte, las modalidades de caza españolas parecen más masivas y mortíferas. Las monterías por ejemplo, una de nuestras especialidades, se ajusta al siguiente guión. Se llega temprano a la finca. Se desayuna unas migas, se sortean los puestos. Se hacen líneas o armadas de cazadores que esperan a las presas en torno a una mancha. Se sueltan las rehalas de perros, que mueven a los animales. Cuando el cazador oye los ladridos, prepara la escopeta. Y dispara.

"No es tan sencillo. Uno puede estar horas y volverse a casa sin nada", explica Luis Fernando Villanueva, en su impoluto despacho de Aproca, en Ciudad Real. La ciudad manchega, en su discreta pequeñez, es todo un emporio cinegético. Aquí funciona la única lonja que existe en España de carne de caza. Un negocio sobre todo de exportación, que se resiente de la crisis. Los alemanes, nuestro principal mercado, no la compran.

Villanueva espera que el problema se resuelva pronto. Al menos, los turistas cinegéticos siguen viniendo. Cazar en las fincas del valle de Alcudia, los Montes de Toledo, o el campo de Montiel, no es cualquier cosa. El último fin de semana antes de la veda, el del 15 de febrero, 10 de los 12 aviones que aterrizaron en el nuevo aeropuerto de Ciudad Real venían cargados de cazadores extranjeros. Los datos de Aproca no dejan lugar a dudas sobre la importancia del negocio en tierras castellano-manchegas. Anualmente se cazan en la región 40.000 piezas de caza mayor y tres millones de piezas de caza menor.

Pero, ¿de dónde salen tantas piezas? "Muchas se crían en granjas especializadas. Y luego se sueltan en los campos, o en los cercones, cuando se trata de caza mayor", explica Theo Oberhuber, de Ecologistas en Acción. La caza tradicional ha cambiado mucho. Para este ecologista, tiene ya un carácter industrial. De mero negocio. "Con la implantación de los vallados, se gestiona la caza como si fuera una ganadería. También en la caza menor se da un fenómeno similar. Se crían perdices que después se sueltan para satisfacción de los cazadores".

No son los ecologistas, enemigos acérrimos de la caza, los únicos que critican este mercantilismo cinegético. Hay cazadores que tampoco están de acuerdo. La Unión Nacional de Asociaciones de Caza (UNAC), opuesta a la línea de la federación, critica que se potencie exclusivamente el desarrollo económico y comercial de esta actividad. Entre otras razones, porque entraña enormes riesgos. "La venta de animales para hacer repoblaciones y sueltas está contaminando genéticamente e introduciendo nuevas enfermedades en nuestro patrimonio natural cinegético", señala su secretario general, Antonio Mota, en un correo electrónico.

"Ni siquiera está claro que los beneficios de este negocio sean tan grandes", alega Oberhuber, que desconfía también de su capacidad de generar puestos de trabajo. "El dinero se va sobre todo a las manos de los grandes propietarios de cotos de caza", dice.

Estando en las antípodas, hay un aspecto de la argumentación de Oberhuber que coincide con Rodríguez Lara. La federación intentó hacer un informe exhaustivo sobre la caza como sector económico y se encontró con muchas resistencias por parte de los propietarios y gestores de cotos. Muchos preferían mantener en secreto sus ingresos. La federación ha vuelto ahora a la carga, con el apoyo, asegura Rodríguez Lara, de algunos de los mayores propietarios de cotos de caza. Lo que quieren es explotar el negocio cinegético bien, sin matar la gallina de los huevos de oro.

Para ello cuentan con la ayuda de todo un instituto (IREC), con 100 investigadores, dedicado al estudio de los recursos cinegéticos. No hay que olvidar, dice Javier Viñuela, su director,"que los cotos bien gestionados, los buenos cotos, son mejores para la conservación de las especies que los Parques Nacionales". Aunque todo sea para mayor placer del cazador.

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Cazadores/millon/subiendo/elpepisoc/20090301elpepisoc_1/Tes
Fecha: 01.03.09

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