viernes, 4 de diciembre de 2009

En el maltrato animal, el silencio mata

Artículo de Julio Ortega Fraile

Cuánto más escribo sobre el maltrato animal, más me piden algunos que me calle, y cuánto más lo hacen, más ganas tengo de escribir. ¿Tendrá algo que ver su nerviosismo y mis deseos de no callarme ?

Cómo me gustaría estarme calladito y dejar de escribir sobre la utilización de animales por parte de los hombres, acerca de su maltrato y en la mayor parte de los casos, de su muerte como corolario a su explotación con fines utilitaristas (en los que la utilidad es siempre para el ser humano y los daños indefectiblemente para el animal irracional), de su uso con intenciones deportivas, lúdicas o educativas (todo eso atendiendo a una perversión de dichos adjetivos), o lo que coincidiendo en efectos resulta todavía más pérfido en motivos: el padecimiento infligido como manifestación sádica de ciertos instintos que albergan y son incapaces de contener algunos hombres.

Sin embargo no olvidemos que éste último caso, por más estremecedor que resulte, es una secuela inevitable de nuestra conciencia de propietarios de estas criaturas y del trato que en consecuencia les dispensamos. Pensemos que en el fondo, poca diferencia existe entre actos como la lidia de un toro, el desollado de un zorro para confeccionar un abrigo o un rececho de venados, y matar a un perro a pedradas o quemar vivo a un gato. Los separa la legalidad, pero tal disparidad de criterios a la hora de calificar formalmente cualquiera de esas acciones, se sustenta realmente en la degeneración a conveniencia de la moralidad aplicada del hombre en función de los beneficios que pueda obtener. Introducir frutas por el ano de una mastina no origina réditos de ningún tipo, pero mantener como lícito el engorde artificial del hígado de una oca administrándole por la boca alimento a la fuerza, preserva una industria rentable para unos cuantos. Así, lo primero es una infracción y lo segundo, gastronomía de alto nivel, existiendo realmente grandes similitudes entre ambos casos.

Taurinos, cazadores, partidarios de circos con animales o usuarios de prendas de visón, a menudo me incitan a que deje de darle a las teclas y que no pierda más el tiempo, según ellos, en seguir escribiendo. Fundamentan sus "consejos" en varios razonamientos: que no digo más que estupideces y mentiras, que nadie me hace caso, que es inútil que me esfuerce porque esto no va a cambiar, y que soy un caradura que pretende vivir de subvenciones y sin dar un palo al agua. Lo curioso es que no pueden hacerse una idea todos estos “admiradores”, de hasta qué punto sus observaciones me animan a abrir un Nuevo Documento de Word para seguir expresando la sensación de repulsa que me produce tanta crueldad impune.

Yo les comprendo cuando me conminan al silencio y entiendo que para ellos, resulta muy molesto que en la Sociedad vaya tomando forma y fuerza un movimiento en contra de sus actitudes explotadoras y violentas, pero el problema que se encuentran es que con nosotros, los hombres, no pueden servirse de la misma superioridad fisiológica que ampara y legitima su exención de responsabilidades en el sufrimiento que infligen al resto de animales.

Me explico: un toro, un jabalí, un gato o un mono, pueden, cada uno en función de sus limitaciones biológicas, expresar en mayor o menor medida miedo, enfado o dolor, pero lo que es indiscutible, es que ninguno de ellos será capaz acercarse a una comisaría a presentar una denuncia, ni escribir al Defensor del Pueblo o enviar una Carta al Director de algún Diario para manifestar su parecer acerca del papel de eternas víctimas que le ha tocado en este reparto de funciones decidido por el ser humano. Su limitación física es precisamente lo que les impide rebelarse contra la condena que se les ha impuesto a lo largo de la Historia y la razón principal de que su penoso destino haya variado tan poco.

Pero he aquí que aparecen en escena unos cuantos hombres, cada vez más, y empiezan a convertirse en la voz de los que sólo pueden ladrar, maullar o gruñir. Resulta que esas garras prensiles o esas uñas válidas para escarbar pero inútiles para sostener un bolígrafo, son sustituidas por manos humanas susceptibles de argumentar a favor de los derechos de aquellos a los que por conveniencia de una sola especie se les vienen negando, y mira por dónde, que cuerpos inválidos para trepar, correr o saltar como lo harían otros animales, si están en disposición de congregarse para expresar su rechazo a tanto abuso y exigir el fin de los atropellos que los animales racionales ejercen sobre seres con sus defensas mermadas o anulada.

Es en este instante cuando esta gente nos manda callar. A nosotros no se nos puede apuntar con una escopeta, apretar el gatillo y después colgar nuestra cabeza en un salón; tampoco están autorizados a clavarnos una espada y atravesarnos los pulmones mientras la afición grita “Oleee Maestro”; ni se les permite por medio de castigos físicos obligarnos a saltar a través de un aro ardiendo. Y claro, ahí vienen los problemas, pues cuando los sometidos disponen de quien divulgue, denuncie y censure la situación de absoluto desamparo en la que se encuentran sumidos, comienzan los nerviosos movimientos de sus verdugos, temerosos de que la publicidad de sus actos y el revulsivo que para la conciencia de los ciudadanos implica llenar de luz el oscurantismo que rodea los excesos del hombre con otros animales, traiga como consecuencia un repudio generalizado y que los políticos legislen tomando en consideración dichas demandas.

Pero de momento siguen relativamente tranquilos, porque saben de la cicatera empatía de esta Sociedad con los males ajenos, en la que unos cuantos, pocos, están hartos de la superioridad violenta sobre el resto de especies que el hombre se ha otorgado como privilegio, otros tantos son la viva muestra de ese antropocentrismo tan dañino y los demás, esto es, casi todos, nada dicen y su indiferencia o cobardía se traducen en consentimiento implícito y por lo tanto, vienen a dotar de legitimidad moral a las nocivas prácticas de los segundos. A todo esto, los políticos echando cuentas y sumando los votos que pueden obtener de cada una de las opciones. Sus cálculos concluyen en lo conveniente de no hacer nada, porque legislar a favor de los derechos de los animales es asegurarse el voto de sus defensores, perder el de sus maltratadores y crear un clima de protesta como ocurre con todo cambio importante, que puede menoscabar su imagen de estabilidad ante el grueso de los ciudadanos. Y dejar que todo permanezca igual es quedarse sin el apoyo de los animalistas y seguir obteniendo el que les venga correspondiendo del resto, de unos porque pueden continuar con sus diversiones, costumbres o negocios, sangrientos pero cubiertos por la ley, y de los demás porque en el fondo, por ignorancia o egoísmo, el sufrimiento de esas criaturas es para ellos una cuestión más o menos desagradable, pero demasiado insignificante como para merecer su compromiso o la menor "pérdida" de tiempo.

Acabo igual que comencé, asegurando que me gustaría estar muy calladito por un simple motivo: que no tuviese razones para escribir sobre el maltrato de animales. Pero lamentablemente ese deseo es de momento sólo eso, un sueño, acáso cada vez más cercano pero inalcanzable todavía. Por lo tanto voy a seguir haciéndolo mientras sea testigo de un solo caso de injusticia o de explotación hacia estas criaturas y sobre todo, en tanto en cuanto me exijan silencio los que empuñan el cuchillo, el estoque, el látigo o la escopeta, porque de sus insultos nace buena parte de mi certeza de que voy por el buen camino.

Julio Ortega Fraile
http://www.findelmaltratoanimal.blogspot.com/
http://www.findelmaltratoanimal.blogspot.com/

Fuente: http://www.kaosenlared.net/noticia/109323/maltrato-animal-silencio-mata
Fecha: 01.12.09