lunes, 27 de septiembre de 2010

El toreo después de Cataluña

Hoy os pongo un artículo de un taurino. No, no es que me haya vuelto loca y ahora defienda a los taurinos, ni mucho menos. Lo pongo porque expresa un punto de vista diferente del que solemos oir y leer en el mundo taurino y demuestra que dentro de los taurinos también hay gente que reflexiona y se da cuenta de que los argumentos exhibidos por ellos hasta ahora ya no se sostienen en el mundo actual.

El articulista, Claudio López-Guerra, Doctor en Ciencia Política y Profesor-investigador del CIDE, afirma que los toros sí sufren, que eso lo sabe todo el mundo, y aboga por una reforma de la lidia en que se elimine el maltrato a los toros y por unas corridas sin sangre, por una tauromaquia compatible con el siglo XXI. Desde luego desde mi punto de vista no es lo ideal, pero el artículo demuestra que algo se está moviendo también en el mundo de la tauromaquia.

Artículo de Claudio López-Guerra, Doctor en ciencia política y Profesor-investigador del CIDE

Hace más de 15 años, en un programa de Televisión Española conducido por Mercedes Milá, el diestro Jesulín de Ubrique quiso demostrar de una vez por todas que no le faltaban pantalones, ni dentro ni fuera del ruedo. En un gesto de inigualable ironía, se bajó el pantalón frente a las cámaras para que las cicatrices de sus múltiples cornadas refutaran al espectador que lo había acusado de torear con trampa. Nadie recuerda otra cosa de esa noche. Pero yo, que siempre disfruté debatir con antitaurinos, registré bien otro momento del programa. Un crítico embistió contra otro de los invitados de Milá, José Miguel Arroyo Joselito, acaso el torero más elegante de la historia, con el tema del sufrimiento animal. Joselito respondió, palabras más, palabras menos: “Yo qué sé si el toro sufre. No soy toro”.

La verdad es que Joselito era mejor con la muleta que con el micrófono: es innegable que el toro sufre durante la lidia. Embiste y expresa su bravura a pesar de su martirio, que no es invención de la mente zoológica de los activistas de Greenpeace. Los taurinos, en el fondo, lo sabemos. Tras un descabello infructuoso, por ejemplo, la dolencia del toro es más que evidente. Cuando uno está a escasos centímetros del toro —cuando uno es el responsable de que muera pronto— la agonía del bicho se siente como propia. Lo sé por experiencia, pues hubo un tiempo en que quise ser torero. La última vez que me vestí de luces tuve que acudir al descabello. No sé cuántas veces lo intenté. Pero las imágenes de aquel novillo en pena nunca podré borrarlas. El toro de lidia, como cualquier animal con un sistema nervioso, siente.

En realidad, es inusual que alguien niegue el maltrato del toro en la plaza. Lo que todo taurino rechaza ferozmente es la idea de que la crueldad de la fiesta justifica su prohibición, como ha ocurrido en Cataluña. La belleza y la mística del toreo, la buena vida del toro durante su crianza, las raíces históricas del espectáculo, que es más digno morir en el ruedo que en el rastro, que hay otras y peores formas de tortura animal, que nadie está obligado a ir a las corridas de toros, que se debe respetar la libertad, que esta especie bovina ya se hubiera extinto de otra forma, que al toro se le admira y respeta. Así justifica el taurino cualquier maltrato que pudiera padecer el toro.

Aprendí estos argumentos de memoria, incluso antes de aprender a sostener un capote. Hoy, con el sosiego de los años —y con las exigencias de mi oficio académico— diría que hay de todo entre estas razones. La más tonta, aunque muy común, es aquella de la asistencia voluntaria: si no te gustan los toros, no vayas.

Nadie está obligado a mirar pornografía infantil tampoco, lo cual no es una buena razón para permitirla. La defensa más peligrosa, y que de hecho predominó en el reciente debate en Cataluña, es el exhorto a la libertad. En nombre del multiculturalismo (la filosofía política que exige libertades especiales para ciertas minorías) hoy se cometen injusticias atroces, como la mutilación genital de niñas que practican algunos grupos islámicos. Desde una perspectiva intelectual, la más interesante de las razones es la utilitarista: al sumar el placer y el dolor en la vida del toro, el balance es positivo, lo cual justifica seguir criando toros. El problema, sin embargo, es que el sufrimiento no es inherente a la existencia del toro. La causa —nosotros— es fácilmente extirpable. Basta, como en Cataluña, con emitir una ley.

A final de cuentas, no creo que haya buenas razones para justificar el sufrimiento del toro. Sin embargo —y éste es mi punto central— la tauromaquia queda intacta. La idea es simple: estoy convencido de que el martirio del toro no es consustancial al arte de torear. Podemos eliminar el maltrato sin socavar la esencia del toreo. Lo que es más, me atrevo a afirmar que el futuro de la fiesta depende de ello. Así que no sólo por razones éticas, sino también pragmáticas, debemos reformar la lidia.

En su clásico Homenaje a Cataluña, George Orwell señaló que la mayoría de los toreros eran fascistas, lo que explicaba la ausencia de corridas en Cataluña durante la guerra civil española. Habrá más de un antitaurino que se regocije con el apunte. Pero a diferencia de lo que piensan —o quieren pensar— algunos, el objetivo de la fiesta brava no es de ninguna manera hacer sufrir al toro. Si por decreto divino el toro de lidia se volviera inmune a cualquier tipo de sufrimiento, todos lo celebraríamos. Los taurinos no somos sádicos. Pero si esto es así, si en efecto el martirio del toro no es necesario para el arte del toreo, entonces los tres aspectos de la lidia que laceran al toro son dispensables: la puya, las banderillas, y la muerte.

Sin duda, estas prácticas tienen una función en la lidia tradicional, tanto que ésta se organiza en torno a ellas. Pero no son necesarias para que haya arte. Que la faena de muleta es más viable picando al toro, no hay duda. Sin embargo, sería absurdo decir que el buen toreo de muleta desaparecería junto con la puya. Lo que desaparecerían son los toreros sin técnica ni valor, lo cual aumentaría el mérito de lo que se hace en el ruedo, y con ello la energía de la fiesta. Desaparecería, además, el problema de los toros que prácticamente mueren con la puya en lugar del estoque cuando su embestida no es del gusto del torero. Habrá quien diga que en el tercio de varas se mide la bravura del toro. Pero nadie (excepto algunos ganaderos) va a la plaza para medir la bravura del toro con la supuesta exactitud de la puya. El arte del toreo es otra cosa.

Las banderillas tienen la función de adornar al toro, además de que el acto de ponerlas —cuando se hace bien— suma a la belleza del espectáculo. Pero lo cierto es que no son necesarias, como lo demuestra el hecho de que no figuran en la tauromaquia de la mayoría de los toreros contemporáneos. Por otra parte, el toro bravo no necesita maquillaje. Es un animal magnífico en su forma natural. Los aretes sobran. Además, las banderillas estorban a los toreros, quienes muchas veces pasan duras penas para quitarlas (y es entonces cuando el neófito, con razón, pregunta para qué demonios las pusieron). El hecho más sugerente de todos, creo, es que cuando los aficionados no pueden esperar a que termine la lidia para ir al baño, lo cual es frecuente a partir del segundo toro, es decir, de la tercera cerveza, el momento que todos aprovechan es precisamente el segundo tercio. Banderillas: la suerte de la orina.

Finalmente, la muerte del toro. Su categoría de “suerte suprema” sugiere que no es posible substraerla sin consecuencias. Esto es verdad si lo que importa es la tradición. Es falso si lo que importa es el arte. El toro no tiene por qué morir en el ruedo. Si por gracia de un oráculo supiéramos que José Tomás, Enrique Ponce y Miguel Ángel Perera van a indultar a los dos toros de su lote en una corrida próxima, las localidades no sólo se agotarían; se cotizarían a 20 veces su precio regular, aunque nada matarían los matadores en esa tarde. La magia del toreo no se nutre de la muerte del toro, se nutre de su vida. El toreo es la improbable armonía bélica. Es pintar en el agua. Lo dijo Bergamín: es una música callada. Pero viva. Nada añade, en términos de arte, matar al toro. Si la costumbre fuera la opuesta, es decir, no matarlo, nadie lo pediría hoy. Con todo respeto para el regiomontano, ¿qué loco cambiaría un natural excelso de José María Manzanares (padre) por todas las estocadas certeras de Eloy Cavazos? Un dato: matar bien a los toros no alcanza para ser figura del toreo, pero puedo citar 20 figuras que fueron pésimos estoqueadores. No, la suerte suprema no es la de matar al toro. Es el trazo con temple, quietud, unión, verticalidad, ingenio, pasión. Es el toreo de verdad.

Para los aficionados ortodoxos seré peor que un adversario: un traidor. Mi consuelo (de necesitarlo) sería que hoy nadie se acuerda de los puristas de ayer. Hubo quienes objetaron cuando se introdujo el peto para proteger a los caballos de pica. Los conservadores pensaron que era una forma de esterilizar, de domesticar a la fiesta. Hoy sería impensable quitarlo para volver al regadero de tripas. El fundamentalismo taurino, afortunadamente, no es un nuevo movimiento social. Por eso tengo la esperanza de que en un futuro no tan lejano nadie se acuerde de aquellos que hoy se oponen a reformar la lidia para mitigar el sufrimiento del toro.

La tauromaquia ya agonizaba en Cataluña. Su prohibición legal no es más que un síntoma. Pero también es una oportunidad para que los taurinos reflexionemos y revivamos el arte del toreo. Qué digo revivirlo: proyectarlo de una manera antes impensable. Sólo hay que cerrar el grifo de la sangre. Insisto, acabar con el maltrato no es corromper la esencia de la tauromaquia. Todo lo contrario. Y, además de ser lo correcto, sospecho que es la única forma de lograr que el toreo sobreviva en las aguas hacia donde se encauza el mundo. Cataluña: punto de inflexión o crónica del futuro. Está por verse.

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=265405
Fecha: 01.09.10

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