lunes, 7 de marzo de 2011

Conciencia animal


Hoy parece más asumido que la fauna tiene derecho a la dignidad. El auge de la ganadería intensiva y los ensayos científicos suscitan un amplio debate sin lograr un consenso. Los derechos de los animales no siempre tienen por qué coincidir con los de los humanos. Cada vez hay más personas que se oponen al maltrato animal. De hecho, puede que nos encontremos a las puertas de un gran cambio. El futuro de toros, vacas, gallinas, orangutanes, tigres, ratones, cerdos, conejos y perdices está en juego.

Excelente y completísimo artículo de Antonio Ortí, publicado en La Vanguardia

“El señor Jones, propietario de la Granja Manor, cerró por la noche los gallineros, pero estaba demasiado borracho para recordar que había dejado abiertas las ventanillas”. Así empieza Rebelión en la granja, la novela de George Orwell. El libro cuenta la historia de un granjero que descuida a sus animales por su afición a la bebida. Un día, éstos se reúnen para escuchar el extraño sueño que ha tenido el cerdo Viejo Mayor, al que todos consideran el animal más sabio de la granja. Si el mundo fuera justo, les explica Viejo Mayor, todos los animales serían libres, tendrían los mismos derechos y no deberían trabajar para los humanos. Pero en lugar de eso, prosigue, el hombre nos utiliza a su antojo y cuando ya no puede sacar provecho de nosotros nos manda al matadero. “Pero, ¿forma esto parte, realmente, del orden de la naturaleza?”, se pregunta.

Pues bien, puede que la sátira totalitaria de Orwell tenga un final todavía más inesperado que descubrir que con el tiempo los cerdos aprenden a caminar sólo sobre sus patas traseras e imponen una dictadura que se resume en un único mandamiento: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. De hecho, y pese a que Orwell barajó varios finales para Animal Farm (1945), ninguno de ellos contemplaba que en 2011 algunos seres humanos se rebelasen contra individuos de su propia especie para prohibir las corridas, poner coto a la caza o impedir que los mozos lanzasen cabras desde el campanario.

Y puede que solamente sea el principio. Hay indicios que apuntan que los defensores de los animales han dejado de ser cuatro gatos. La iniciativa popular que dio paso a la prohibición de celebrar las corridas de toros en Catalunya es un ejemplo de cómo, más allá del peso de la tradición, la sensibilidad hacia el mundo animal ha ganado nuevos adeptos. El creciente número de personas que están dejando de comer carne y haciéndose vegetarianas, otro. Y lo mismo cabría decir del amplio rechazo que suscita, no sólo entre los activistas más beligerantes, que para fabricar un solo abrigo de piel sea necesario asesinar a 200 chinchillas, 70 visones, 20 linces, 20 zorros, 20 nutrias u 8 lobos. Tal vez, efectivamente, esté cambiando algo.

Sin embargo, eso no significa que estos nuevos animalistas tengan una postura común para cada situación que se plantea. En realidad, forman parte de un movimiento muy amplio que engloba a ecologistas, pacifistas, vegetarianos, organizaciones no gubernamentales, feministas, grupos que defienden los derechos sociales y entidades que se oponen al racismo. En este sentido, se puede decir que su funcionamiento se asemeja más al del grupo mixto que al de un partido político centralizado. Así que más que librar una batalla en solitario por una cuestión muy específica, los defensores de los animales se integran en un movimiento más extenso que reclama una sociedad menos violenta. “Estamos al principio de un proceso que, por fin, parece irreversible”, señala el físico Jorge Wagensberg, director científico de la Fundación La Caixa, además de autor de trabajos de investigación sobre termodinámica, microbiología, entomología y otros asuntos. Según Wagensberg, la principal singularidad del momento en que nos encontramos es que cada vez más personas sienten compasión y dolor ante el sufrimiento de los animales.

Para Jesús Mosterín, uno de los filósofos españoles de mayor prestigio internacional, no hace falta ser precisamente un intelectual para comprender lo que está pasando: basta con abrir los ojos. “De la misma manera que hemos esclavizado a muchos grupos étnicos”, razona, “hemos hecho lo propio con las gallinas, los patos, los cerdos, las vacas, los toros, las ovejas, los perros, los patos y muchos otros animales”. Luego, tras bromear con que los gatos quedarían al margen (“son ellos quienes nos explotan”), añade: “Pero todavía hay un problema más grave que la esclavitud: el exterminio. Estamos diezmando a muchas especies”, señala Mosterín, al que puede vérsele en una fotografía tomada en 1969 en la sabana africana en compañía de su amigo Félix Rodriguez de la Fuente y del también desaparecido Hugo van Lawick, un barón holandés que con 22 años dejó a su familia para vivir en la selva y fotografiar animales salvajes.

A 804 kilómetros de distancia de Barcelona, donde vive Mosterín, se encuentra Pedro Pozas, director ejecutivo del Proyecto Gran Simio. Este jiennense que fue activista de Greenpeace y es portavoz en España de una organización internacional que pretende otorgar a los grandes simios (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes) tres derechos humanos: el derecho a la vida, a la libertad individual y a no ser maltratados ni física ni psicológicamente. Algunos de sus críticos indican que los etólogos agrupados en torno al Proyecto Gran Simio tienen un doble rasero, al limitar sus investigaciones a una especie y no extender esas ideas al resto de animales. Pero Pozas no está de acuerdo y anticipa que una vez se consiga romper la barrera de especie con el animal más cercano al hombre (“ya se sabe que el primer hijo allana el camino a los que vienen detrás”, recuerda), su organización ampliará esos derechos a otros animales.

Según relata Pozas, hemos declarado la guerra a los animales y a la propia naturaleza, así que queda mucho por hacer: desde desvelar los intereses de algunas multinacionales para arrasar la selva, hasta denunciar el uso que hacen algunos circos de los animales salvajes. “Para que un elefante juegue al fútbol es necesario hincarle en las patas unas picas puntiagudas durante su adiestramiento. Y lo mismo con los tigres saltarines. Se les entrena en una plancha incandescente. Por eso, cuando escuchan el redoble de tambores en el circo brincan por temor a que la superficie se caliente”, denuncia.

Con todo, conceder derechos humanos a los animales se presta a la polémica. Para Jesús Mosterín, los derechos no existen, se crean. “La cuestión no es tanto qué derecho tienen los animales, sino qué derecho queremos que tengan”, comenta. Y pone un ejemplo: “el parlamento sueco ha legislado que las vacas tienen el derecho a salir del establo al menos una vez al día. Lo que quiero decir es que a los animales no hay que concederles derechos humanos, sino derechos de ellos. Por ejemplo, el derecho a correr, a moverse, a vivir en la naturaleza y a no ser torturados”, razona. Aunque Salvador Giner, presidente del Institut d'Estudis Catalans, no lo dice con esas mismas palabras su opinión es bastante similar: “Yo no lo veo muy claro, pero llego a las mismas conclusiones: tal vez no tengan derechos, pero hay que tratarlos con humanidad, lo que empíricamente viene a ser lo mismo”, señala este sociólogo autor de libros clave, como Historia del pensamiento social (ed. Ariel).

Cuando se le pregunta a Giner en qué momento histórico nos encontramos, explica que estos movimientos “empiezan con unos pocos, luego hay bastantes y finalmente muchos. Yo diría que ahora estamos en la fase de los bastantes”, valora. Entre los “bastantes” se cuenta Marta Tafalla, profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona y protagonista de varias intervenciones muy recordadas en el Congreso, donde defendió la necesidad de una ley de protección de los animales. “Como decía Milan Kundera”, explicó en la cámara baja el 18 de octubre del 2007, “si queremos comprobar la integridad moral de un ser humano, no nos preguntaremos cómo trata a sus iguales, porque eso es lo fácil. Nos preguntaremos cómo trata a quienes están a su merced, a quienes no pueden quejarse si los maltrata, ni darle las gracias si los ayuda. Quienes dependen de su voluntad y están indefensos ante ella. (...) Es ahí donde se juega la ética”.

Mientras se calienta las manos con una taza humeante en un bar de Sant Cugat del Vallès, Marta Tafalla explica que el movimiento por la defensa de los animales surgió alrededor de 1970 en los países de habla inglesa y que se alimenta de una tradición que abarca desde la compasión budista hacia cualquier ser vivo, hasta el vegetarianismo de Pitágoras, pasando por la convicción de San Francisco de Asís de que los animales son nuestros hermanos.

“Estamos hablando de un movimiento que hasta hace diez años era muy minoritario y que ahora empieza a hacer mucho ruido. Después de los toros, se está trabajando en muchos frentes: la ganadería intensiva, los zoos, la caza, los animales de experimentación...”, enumera Tafalla, que desde enero imparte un posgrado sobre Animales, Derecho y Sociedad en la universidad. Luego explica que entre los defensores de los animales hay básicamente dos posturas: la revolucionaria, que reclama la liberación animal, y la reformista, que acepta que se sigan utilizando animales, pero busca fórmulas para reducir la crueldad. “¿Que si soy reformista o radical? Aunque hacen falta grandes cambios, creo que la mejor manera de avanzar es paso a paso. A la sociedad no se le puede pedir revoluciones de golpe”, responde. No opinan así, en cambio, otros animalistas más radicales que han dejado de comer carne y que cuestionan incluso que los seres humanos sean omnívoros.

El telón de fondo es si consumir productos de procedencia animal forma parte del problema y también qué actitud hay que adoptar en relación a la avicultura y a la ganadería intensivas. Esto es, con granjas industriales donde los animales son producidos por miles y permanecen encerrados durante toda su vida sin espacio para moverse. “Yo diría que el problema ahora mismo no es tanto acabar con la esclavitud, sino tratar bien a los esclavos”, deslumbra Jesús Mosterín, dando a entender que debemos de garantizar que los animales que nos comemos lleven una vida digna.

En este sentido, cada vez es más frecuente encontrar a antiguos carnívoros que cambian de bando al no poder resistir la idea de que su manutención implique el sacrificio de animales. Según el nutricionista Julio Basulto, autor del libro No más dieta (ed. Debolsillo) y fundador del grupo de estudio, revisión y posicionamiento de la Asociación Española de Dietistas-Nutricionistas, dos de los argumentos más repetidos hoy en día para hacerse vegetariano son el bienestar animal y el respeto por el medio ambiente. De hecho, el propio Basulto se hizo vegetariano al descubrir que “en África muchas personas pasaban hambre para que los países desarrollados pudiéramos mantener allí grandes monocultivos con los que alimentar nuestro ganado”, confiesa. Basulto apunta que la actual tendencia de comer cada vez más carne es insostenible.

Juanjo Cáceres, un historiador que colabora con la Sociedad para el Estudio Interdisciplinar de la Alimentación y los Hábitos Sociales, está de acuerdo. Según explica, en los próximos cuarenta años será necesario duplicar la producción mundial de carne, de acuerdo con los datos que maneja la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). “Al final, una producción tan elevada siempre es problemática para el bienestar animal”, avisa. El nutricionista Julio Basulto también echa mano de los datos de la FAO para recalcar un dato que no deja de sorprender: ahora mismo las emisiones de gases de efecto invernadero derivados de la cría de ganado (18% del total) superan a los que emite toda la industria del transporte (14%).

Otro tema sobre el que no hay unanimidad es si se han de seguir utilizando animales como cobayas para avanzar en el conocimiento de algunas enfermedades. Tampoco aquí hay una postura común: los hay que abogan por una prohibición taxativa, como Pedro Pozas, director ejecutivo del Proyecto Gran Simio, y también que en determinados casos permitirían el sacrificio, siempre y cuando fuera estrictamente necesario. En este sentido, resulta especialmente interesante escuchar la opinión de Jorge Wagensberg, pues a su condición de científico une la de defensor de los animales. “Muchos de los avances biomédicos de los que nos beneficiamos hoy día no se hubieran producido de no existir la posibilidad de experimentar con animales. No me parece razonable inmovilizar a un animal para ver qué iones genera. Pero, en otros casos, en cambio, puede estar justificado”, consiente. “Hay cuestiones más sencillas de resolver que otras”, interviene Jesús Mosterín. “Experimentar con cobayas, por ejemplo, es un tema bifronte: hay una cosa mala, el sufrimiento del animal, y otra buena, el conocimiento que se obtiene. En cambio, no hay ninguna razón para no reclamar la abolición total y definitiva de la caza y de las corridas de toros”, indica. “Así que la cuestión ahora es comenzar con los casos más sangrantes”, concluye este filósofo bilbaíno.

También Salvador Giner se atreve a hacer una reflexión en voz alta. “De lo que se trata es de cambiar la actitud histórica que hemos mantenido con los animales. Y hacerlo con sabiduría, sin caer en radicalismos”, señala el autor de Manual de civismo (ed. Ariel), dando a entender la importancia de alcanzar algo así como un término medio. “Los extremismos”, concluye, “llevan al ridículo. En India hay una secta de virtuosos que barre las hormigas ya que su doctrina no les permite hacer daño a ningún ser viviente. La reflexión general es que debemos tratar a los animales con mucha más humanidad y no caer en posturas drásticas”, expone.

Mientras los seres humanos se ponen de acuerdo sobre lo que hay que hacer, los animales esperan. Su esperanza, parafraseando a Marta Tafalla, es que alguien construya un Arca de Noé donde quepan todos. Porque cada vez parece más claro que el diluvio hemos sido nosotros...

¿Es una animalada tener una mascota?

Aunque algunos defensores de los animales prefieren pasar de puntillas sobre este tema y se sienten algo incómodos cuando se les plantea, comienza a escucharse un runrún contrario a la situación de muchos animales de compañía. Desde huskies que viven encerrados en pequeños pisos, hasta iguanas y serpientes. ¿Su situación es menos criticable que la de los animales que se exhiben en el zoo? ¿Acaso hay clases también entre los animales?

El filósofo Jesús Mosterín prefiere no ir tan lejos y simplemente apunta que históricamente hemos seleccionado a algunos animales para que nos hagan compañía. “En el caso de los perros, esto significa que tienen unas diferencias genéticas respecto a los lobos silvestres, por lo que están más preprogramados para aceptar al jefe de una familia como el jefe de la manada y para ser felices con este destino. Pero, efectivamente, hay perros que viven encerrados en pisos o atados a una cadena”, comenta.

Por lo que respecta a Marta Tafalla, autora de Los derechos de los animales (ed. Idea Books), dice estar básicamente de acuerdo con exigir unos requisitos mínimos a las personas que pretenden adquirir un animal de compañía para así evitar abandonos. “Eso sí, entiendo que un pájaro enjaulado o un pez en una pecera es una forma extrema de crueldad”, aprecia.

Por lo que se refiere al físico Jorge Wagensberg, opina que la clave es el bienestar animal y pone como ejemplo el sinsentido de tener una vaca en un apartamento, “ya que iría en contra del bienestar de la vaca y de los propios vecinos. Algo parecido diría de tener un perro grande en un piso sin condiciones”, admite.

Fuente: http://www.lavanguardia.es/vida/20110305/54122342005/conciencia-animal.html
Fecha: 05.03.11

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