jueves, 29 de diciembre de 2011

¿Por qué nos enternecen los cachorros? Porque somos biófilos

Los seres humanos protegemos a los bebés, sean estos nuestros o no. Incluso tenemos una reacción similar hacia cachorros de otras especies, hacia aquellas en que podemos reconocer rasgos de nuestras crías.

Existe una tendencia biológica hacia ello, que algunos autores achacan a impronta genética y otros a las costumbres. Sin embargo, la argumentación funciona igual de bien en cualquiera de los dos casos.

El valor que estos reflejos tienen es incuestionable. Nuestras crías nacen indefensas, incapaces de enfrentarse al mundo y de obtener sus propios recursos para sobrevivir. Ni siquiera son capaces de moverse por sí mismas, siendo transportadas por los adultos. Si no sintiésemos un afecto inmediato hacia ellas, no podrían sobrevivir.

Konrad Lorentz, considerado uno de los padres de la moderna etología (y un individuo con un turbio pasado), achaca nuestra respuesta de protección a "una cabeza relativamente grande, predominio de la cápsula cerebral, ojos grandes y de disposición baja, región de las mejillas prominente, extremidades cortas y gruesas, una consistencia elástica y neumática, y movimientos torpes."

El ser humano ha maximizado este comportamiento. En nuestra especie se da lo que en lenguaje técnico se conoce como "neotenia", el mantenimiento en la edad adulta de características juveniles. Como adultos, diferimos mucho de nuestros bebés, pero en nuestra anatomía se pueden reconocer elementos de los juveniles de chimpancés y otros simios. Gracias a esto, conseguimos que la protección que se da a las crías se mantenga durante toda la infancia y la primera fase de la adolescencia, facilitando la formación de grupos sociales y aumentando las posibilidades de supervivencia.

Respecto a los cachorros de otras especies, se han barajado dos explicaciones. En ambos casos se basan en que los rasgos antes mencionados nos "obligan" a proteger a dichos individuos. Por una parte, podrían ser simplemente un reflejo de nuestra disposición a cuidar de las crías. Al reconocer en los cachorros una frente abultada, una barbilla huidiza o unos ojos grandes, nuestra respuesta se dispararía como si de un bebé se tratase.

La otra explicación, complementaria a esta, se encuadra dentro de lo que se conoce como "biofilia", tendencia natural del ser humano a apreciar a otros seres vivos. Protegemos y sentimos afecto por las crías de otras especies, ya que si no nos comportásemos así, no podrían madurar, crecer y por tanto contribuir a sus poblaciones. Es decir, que o cuidamos a las crías de otras especies, o las esquilmamos y nos quedamos sin recursos.

Y por último, un ejemplo curioso, que demuestra que muchas veces conocemos los hechos científicos antes de poder explicarlos. Tal como cuenta Stephen Jay Gould, uno de los paleontólogos evolutivos más importantes y un grandísimo divulgador científico, los expertos de marketing de Disney estaban al tanto de todo esto, hasta el punto de aplicarlo en su personaje estrella: Mickey Mouse es un individuo neoténico.

Si observamos los primeros cortos de Mickey, vemos cómo este tiene caracteres de adulto: la nariz es más afilada, los ojos más pequeños y las extremidades menos rechonchas. También su carácter es distinto, ya que en los primeros dibujos tiene un comportamiento más bien sádico, llegando a maltratar a los animales de una granja para hacer música. Pero el ratón de Disney pasó a convertirse en un icono americano, fue calmando su carácter, y cambiando su aspecto. Rejuveneció con el paso de los años, pasando a tener el aspecto afable que ahora presenta, en un ejercicio claro de neotenia.

Fuente: Yahoo Noticias
Fecha: 30.06.2011

Los arácnidos también tienen instintos maternales

Cuando pensamos en el comportamiento de los arácnidos, se nos vienen a la mente varios conceptos: feroces depredadores, agresivos defensores de sus territorios, incluso pensamos en el canibalismo entre parejas reproductoras o padres e hijos. Nunca nos los imaginamos compartiendo espacio y reconfortándose entre ellos. Sin embargo, hay al menos dos especies de arácnidos que sí demuestran este tipo de comportamientos. Ambos pertenecen al orden de los amblipigios.

Estos arácnidos se caracterizan por tener el primer par de patas extremadamente largo, que emplean a modo de antenas para percibir el entorno, detectar a sus presas y localizar fuentes de agua. Y, según se acaba de demostrar, también las emplean para relacionarse entre los miembros de la familia, lo que podríamos llamar "hacerse caricias".

Las madres de la primera especie, Phrynus marginemaculatus, cargan con sus crías sobre el abdomen hasta la primera muda, que tiene lugar en torno a las tres semanas. Durante este tiempo, emplea sus largas antenas para tocarlas y acariciarlas, consiguiendo calmarlas. La cría que está recibiendo el contacto materno pasa a situarse en una posición central en el abdomen, y agita levemente su cuerpo y sus antenas para responder a su madre. Más sorprendente aún resulta que las propias crías presenten el mismo comportamiento, tocándose con sus antenas entre ellas y buscando el contacto con la madre. Los miembros de Damon diadema, la segunda especie, también demuestran una relación de cuidado y reconocimiento entre madres e hijos, de un modo muy parecido al de P. marginemaculatus.

Es en la adolescencia donde se encuentran las diferencias. Mientras que la primera especie continúa presentando este comportamiento durante toda su vida, los individuos de D. diadema adolescentes presentan muestras de agresiones entre ellos, como la falta de patas o heridas en el abdomen. Al llegar la edad reproductora, el comportamiento social deja de ser útil.

Ambas especies son viejas conocidas para la ciencia y, sin embargo, no ha sido hasta el mes de agosto de este mismo año cuando este comportamiento ha sido descrito. Esto se explica por dos razones. Por una parte, los amblipigios son animales esquivos y de hábitos nocturnos, con lo que son difíciles de encontrar. De hecho, en caso de verse acorralados, pasan a inmovilizarse, tratando de confundirse con el entorno y así pasar desapercibidos.

La segunda razón es que nadie había buscado antes este tipo de conductas. Se conocen los rituales de cortejo y las batallas territoriales en las que se enzarzan, y los investigadores asumieron que se trataba de organismos solitarios.

La ventaja que estos patrones ofrecen es claro. Al tratarse así, y reconocerse como miembros de la misma familia, la madre puede cuidar de sus crías aumentando las posibilidades de supervivencia de la nueva generación. Podrían, incluso, compartir alimentos, aunque este es un hecho que los científicos aún no han podido demostrar.

Fuente: Yahoo Noticias
Fecha: 23.12.2011