domingo, 15 de enero de 2012

"Karencias", crónica del rescate de una gallina del matadero

Texto y fotos de El Hogar de Luci, Santuario de animales

La gallina Karencias, recuperándose en El Hogar de Luci

Un día, una vida,..

Pocas horas de sueño y el calor que desprendía mi galguita flaca esa fría mañana de invierno, hacía que las ganas de levantarme de la cama mermaran considerablemente. Pero había una razón, mas fuerte que el calor de un abrazo hacían que mis piernas, mis brazos y todo mi ser se levantara de un golpe. Fuera estaba aún oscuro, pero me vestí con ropas calentitas, nada ni nadie haría que cesaran mis ganas de partir. Ese día todo merecía la pena.

Salí al encuentro de mi amigo y tras un rato esperando, llegó, adiviné por su mirada, que aun con su cansancio y sus horas de trabajo tras sus espaldas, él tenía las mismas ganas que yo de iniciar la marcha.

El sol se levantaba por el horizonte y el camino se hacía mas largo hasta llegar a nuestro destino, cuantas ganas… ¿cuantas vidas podríamos salvar en este día?

Al llegar, el corazón me palpitaba con una intensidad que me retumbaba en los oídos, deseaba con toda mi alma que el viaje no hubiera sido en vano.

Miramos a un lado y al otro, nada, no había nadie. El matadero vacío, sin duda ya había tenido ese horrible trasiego en la noche, descargar y matar, descargar y matar… Pero ahora sólo quedaba barriendo una persona.

Apenas podía saludar a ese hombre, que sonreía y nos dejaba pasar al conocernos. Es el peón que siempre nos deja coger a las gallinitas perdidas, a las que por suerte caen del camión y corren a refugiarse en algún rincón.

El es un trabajador del matadero, se sigue sorprendiendo de vernos madrugar e ir a coger las gallinitas con tanto cuidado e ilusión.

El olor a muerte y a dolor, inundaba mi nariz, y se me metía en la boca, dibujando en mi casa una mueca de tristeza y asco. Miramos dentro de los cubos no había nada, pero si un todo, miles de cuerpos sin aliento, fríos, muertos.

Todo rastro de vida se había esfumado de sus cuerpos inertes, pero en sus caritas todavía se podía ver el sufrimiento, un sufrimiento que aun sabiéndolo, jamás podría imaginarme vivir.

Cuando me di la vuelta, buscando a mi compañero, pude verla, intentando escapar en lo alto de un camión. Dando vueltas de un lado a otro, buscando una salida que parecía imposible.

Avise a mi amigo con una mirada y al ir hacia ella, vi que asomaba su cabecita y me miraba a los ojos pidiendo ayuda, pero a la vez temerosa de que pudiera hacerle daño.

Estaba tan alta que no alcanzaba a cogerla, mis manos temblaban por la mezcla del frío y las ganas de poder abrazarla. Me ayudé subiéndome a las ruedas del camión, el mismo camión que la conducía a ella, y a miles de sus compañeras a la muerte sin haber tenido apenas a oportunidad de ver cómo calienta el sol, aun estando en invierno.

Al fin pude cogerla, aunque con un poco de brusquedad pues las circunstancias no me dejaban ser lo suave que me hubiera gustado, estaba fría y mojada, posiblemente de cuando limpian los camiones a manguerazos, quizás no la vieron, o quizás sí, pero su vida para ellos no vale tal esfuerzo como para subirse a una rueda de un camión y cogerla. Es más fácil que muera de frío o de inanición, o que el camión reanude su marcha y durante el camino de vuelta, caiga y muera aplastada por más ruedas, sea como fuere, su vida para ellos no merecía la pena.

Pude abrazarla durante unos instantes e intente darle todo el calor que podía mientras íbamos hacia el coche.

Solo ella, solo una, una gallina por la que muchas personas no se molestarían. una, que para muchos no vale nada. Pero una vida que para nosotros vale un mundo, todo nuestro esfuerzo, todo lo que podamos hacer para devolverla su oportunidad que nadie la debió robar. .

Una vez dentro y con la calefacción a tope pude secarla un poco con una toalla y nos fuimos a casa, al Hogar.

Durante el camino de vuelta, al girarme y ver cómo podía estirar sus pequeñas y entumecidas alas, la imaginé tomando el sol, correteando por la hierba, o dándose relajantes baños de arena. Solo de pensarlo, se me llenaba el corazón de un sentimiento… creo que eso es el verdadero amor. Y me rebosaba por los ojos haciendo que resbalaran por mis mejillas, lágrimas de felicidad.

Solo una, pero una cuya vida vale todo.


Fuente del texto y fotos: Facebook de El Hogar de Luci